Hasta el siglo pasado, y más bien el antepasado, la designación sexual estaba a cargo de la naturaleza. El ser humano nacía, vivía y moría con el sexo que la naturaleza le asignaba de acuerdo con complicados procesos químicos que, durante la gestación, se dan en el cerebro en formación para definir el género.
Ahora se sabe que durante las primeras etapas de la gestación el embrión (a nivel cerebral) está dominado por el cromosoma X (ambos sexos lo tenemos); si existen dos de éstos, se dará paso a que las hormonas que segregue el cuerpo en gestación originen una mujer con un sistema biológico más complejo. Si, por el contrario, además del cromosoma X hay uno Y se dará paso a suprimir capacidades físicas y biológicas que hará un organismo menos complejo, pero de sexo masculino.
Sin embargo, el avance de la ciencia moderna no sólo ha descubierto ésto, ha llegado a dar la posibilidad al ser humano de escoger a qué sexo pertenecer. El hombre (como raza humana) es uno de los pocos seres vivos del planeta que tiene, ahora, la capacidad de cambiar su sexo de nacimiento. Existen algunas especies marinas, peces y moluscos, que inician su vida como hembras y en su edad adulta se transforman en machos, pero suelen ser especies con sistemas biológicos simples.
En el ser humano, uno de los mamíferos más complejos evolutivamente hablando, el trastorno de identidad de género, que comprende la convicción profunda de ser un hombre o una mujer, junto con la asimilación y aceptación de los comportamientos sociales asociados al rol que se atribuye a cada sexo, es lo que ha llevado a la medicina a ofrecer la posibilidad de cambiarle el sexo a la persona como una forma de elección.
Dentro de las principales argumentaciones está que cuando la persona padece trastorno de identidad de género, se trata de hombres atrapados en cuerpos de una mujeres o viceversa, lo que impide que vivan de manera acertada su rol de género.
El caso más reciente, que ha escandalizado al mundo desde Arizona, Estados Unidos, sobre todo a las clases más conservadoras, es el del pequeño José Romero, quien desde los 4 años manifestó dicho trastorno insistiendo a sus padres que él era una niña y deseaba un cuerpo de niña.
Ahora, a sus 8 años, y bajo la autorización y aceptación convencida de sus padres, fue sometido a una cirugía de cambio de sexo, posibilidad que sólo la ciencia moderna puede dar. Este pequeño empezará a tomar hormonas femeninas para desarrollarse como mujer entrando a la adolescencia; ahora su nombre es Josie.
Por ahora, la discusión se centra en si este cambio debe hacerse a tempranas edades, pues es más fácil que la persona sea aceptada si crece y se desarrolla desde la infancia con su identidad de género correcta.
Pero otros opinan que debería ser hasta la mayoría de edad. Lo que es una realidad de este siglo es que la ciencia, en el terreno sexual, también avanza, y con acertadas y justas reglas bioéticas, se proveerán herramientas necesarias para que todos podamos tener una sexualidad más plena.
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