Quién parará a los sembradores de odioLuego del escalofriante crimen cometido en el Metro del DF por un supuesto desesperado —que fue captado por las cámaras de video y difundido profusamente—, no faltarán voces que intenten acreditar el hecho a una desesperación generalizada y hasta dirán que crecen los signos de un estallido social. Claro, todo por el mal gobierno. A este crimen sumarán —como si fuera trama fatal— el caso del fanático religioso que secuestró un avión y los petardos estallados en tiendas e instituciones bancarias, también en días recientes. Dirán, para probar su hipótesis, que “la gente está desesperada” y dispuesta a todo ante gobiernos rateros, corruptos y criminales. Y en efecto, nadie puede negar que miles o millones de mexicanos están al borde de la desesperación debido a una severa crisis económica, social, política y hasta climática, y a sus secuelas de desempleo, falta de oportunidades y sequía en el país. Sí, existen desesperación, angustia, enojo social. Es claro el hartazgo por partidos y políticos; se ha llegado a límites de grotesca burla social, como el caso Juanito, en el que se pelea un hueso de millones de pesos, mientras en forma grosera abanderan las causas de los desesperados. Nadie puede negar que existen líderes sociales y políticos, medios y hasta intelectuales y periodistas que le apuestan a exaltar el odio y la desesperación, al supuesto estallido social, como fórmula para vengar derrotas electorales y remontar popularidades. EL CRIMINAL Poco se sabe del criminal del Metro —por lo menos hasta la tarde de ayer—, además de lo que todos vimos en los videos captados por las cámaras. A ciencia cierta nadie sabe si es un desequilibrado mental, fanático religioso o político, o sólo un hombre que por presiones emotivas perdió el control. Los especialistas en criminología y en el comportamiento humano encontrarán la respuesta. El sentido común indica que nadie que no intente hacer daño —por iniciativa o como reflejo de protección— porta una pistola lista para ser disparada, y la esconde en trapos o papeles. Sólo quien está dispuesto a matar —o morir— porta un arma para responder a una autoridad que le espete graffitear “gobierno ratero” o “gobierno criminal”. ¿Qué sanción administrativa o penal tendría quien grafitea en paredes del andén o del vagón del Metro “gobierno ratero” o “gobierno criminal” o “gobiernos que nos tiene muertos de hambre”? Pintas parecidas se hacen diario y no siempre la respuesta es a tiros y menos se producen muertos. En realidad se trata de una falta menor. ¿Por qué entonces un hombre que pinta esas leyendas no sólo porta una pistola, sino la dispara en respuesta a un policía que desarmado le reclama por esa falta menor? ¿Por qué, además de asesinar a sangre fría al policía, luego mata a un civil que intenta detenerlo? ¿Por qué no huyó de la escena, sino que en sentido contrario se da tiempo para recargar el arma, disparar más ocasiones, pedir oraciones a los pasajeros que no huyeron? Nadie sabe, por lo menos hasta la tarde de ayer, las razones que llevaron a esa respuesta criminal de quien sólo intentaba una protesta. SEMBRADORES DE ODIO Lo que sí sabemos es que buena parte de la sociedad ha estado sometida a una fuerte influencia de profesionales en sembrar el odio social, contra aquellos que se atreven a pensar distinto, contra políticos, gobernantes o partidos “espurios”, “ilegítimos” o “traidores”; contra medios, diarios, informativos y periodistas. Esos profesionales en la siembra de odio recorren el país —con dinero público, por cierto—, con prédicas y arengas similares a las expresadas por el criminal del Metro; profesionales del odio que crean sus propios medios de comunicación —prensa, radio, imagen e internet— para arengar odio contra sus enemigos. Ya en el extremo, han sumado a los géneros periodísticos el “odioperiodismo”: estimular el odio contra todo aquel que piense distinto, que disienta de los mesianismos; odio que se vale de la fabricación y difusión de mentiras, falsedades, difamaciones y basura periodística alejada de los principios y la ética fundamentales. Es difícil, si no imposible, detectar y detener a un hombre “desesperado” o afectado de sus facultades —como pudiera ser el caso del criminal del Metro—, pero el verdadero riesgo surge cuando se mezcla una persona de esas características con la arenga de los sembradores de odio. Al llamado de “gobierno espurio”, “traición a la patria” o “periodista vendido”, un perturbado pudiera empuñar una pistola y salir a matar. Ese es el riesgo. Y la respuesta será: “son los signos de un estallido social”, “la gente está desesperada”. Sí. ¿Y quién pondrá un alto a los sembradores de odio? EN EL CAMINO A reserva de abundar más, vale destacar que la CNDH emitió inédita recomendación que denuncia el acoso judicial contra un medio, como forma de coartar la libre expresión, y sanciona el veto publicitario. El medio se llama Contralínea. |