El reloj del procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, marca las horas al revés, en cuenta regresiva. Pronto dejará el gabinete. Ha acumulado demasiados pasivos. Calderón lo va a exiliar a una embajada, probablemente en Europa. ¿Londres? En su lugar será nombrado “alguien” de bajo perfil, surgido del panismo provinciano. Medina Mora se fue a la lona, entre otras cosas, por la sospechosa tardanza para consignar a los responsables del incendio en la guardería ABC; por el secuestro y asesinato de los LeBaron, miembros de la comunidad mormona; por la consignación de las otomíes Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara y Teresa González, acusadas de secuestrar a seis “rambos” de la AFI. Pero sobre todo por el pleito con Genaro García Luna. El abogado de la nación perdió con el poderoso ministro de Policía. El secretario de Seguridad Pública, en cambio, brilla con las aprehensiones de los secuestradores y asesinos de Fernando Martí y Silvia Vargas Escalera y la espectacular captura de Trocas, Cucharas, Dimas, Gestas y otras cucarachas. En la balanza, García Luna ha prestigiado al gobierno de Calderón en su cruzada contra el crimen. Medina Mora, no. El origen del pleito entre Genaro y Eduardo tiene que ver con el control de la investigación de delitos federales. García Luna opina que el Ministerio Público no debe tener el monopolio de la investigación. Lo contrario significa ineficacia policial. La disputa política entre ambos viene desde los tiempos del Cisen. El secretario de Seguridad Pública acusa al procurador de haber sido cómplice de Francisco Ramírez Acuña, el ex secretario de Gobernación, en el desmantelamiento de nuestra “agencia central de inteligencia”. El triunfo de García Luna estaba cantado desde el 1 de junio cuando se publicó esta nota: “El gobierno federal promulgó la ley que desaparece la Policía Federal Preventiva (PFP) y crea la Policía Federal (PF), la cual dependerá de la Secretaría de Seguridad Pública y tendrá, por primera vez, facultades para realizar investigaciones, así como un perfil de amplios poderes para solicitar a un juez la intervención de conversaciones telefónicas y actuar en operaciones encubiertas”. García Luna es el único policía mexicano “certificado” por el gobierno de Estados Unidos, a pesar de estar señalado, entre otros por La Tuta, de tener cuentas pendientes con la justicia del vecino del norte. El presidente Calderón, como Napoleón, elige exiliar a Talleyrand y mantener a José Fouché, el duque de Otranto; el que fabricaba noticias para hacerse indispensable; el genio tenebroso; el mismo que traicionó al emperador y auspició la monarquía restaurada. |