Que expliquen la metamorfosis del PANDormir demócratas y despertar como PRI En tiempos de la hegemonía del PRI, la designación del candidato presidencial del partido oficial era igual a designar al que sería el nuevo presidente. Se vivía el florecimiento del grosero autoritarismo y la nula democracia intramuros del PRI. Es decir, que durante todas esas décadas el presidente en turno era no sólo el dueño del partido tricolor, sino que una de sus facultades autócratas era la designación de su sucesor. Por eso, en buena parte de esas décadas, los partidos opositores no eran más que invitados de palo. Es decir, convidados testimoniales. El asunto llegó al extremo de la farsa de democracia que se vivía en los años 50, 60, 70 y 80 del siglo pasado, que durante la elección presidencial de 1976 el saliente presidente Luis Echeverría, no sólo designó candidato presidencial a su amigo José López Portillo, sino que “jolopo” compitió sin ningún contrincante formal. Es decir, el PAN —que en esos años era sólo testigo del reparto del poder ya que su vocación era un apostolado democrático antes que una competencia—, vivió en ese 1976 su más grave crisis política. Debido a pugnas internas, el PAN no postuló candidato presidencial. Pero también durante todos esos años el crítico más severo de la simulación democrática del PRI era el PAN, partido que centraba sus baterías precisamente en la simulación democrática de los tricolores, en la falta de reglas claras para seleccionar a los jefes del partido y, por supuesto, a los aspirantes a puestos de elección popular. El PAN presumía de sus reglas y su cultura democrática. Los azules eran ejemplo en la lucha por dirigir al partido y por seleccionar a sus mejores hombres en los puestos de elección popular. ¿Apostolado o poder? Viene a cuento el ejercicio memorioso porque a más de tres décadas de la extraordinaria simulación democrática de 1976 —lo que por cierto detonó la primera gran reforma electoral impulsada precisamente por López Portillo, y de la cual el PAN fue contribuyente directo—, el gobierno de Felipe Calderón y el PAN de Germán Martínez parecen empeñados en repetir la historia, aún no en la candidatura de 2012, pero sí en el relevo del jefe nacional del PAN. Nava es —guardadas diferencias de tiempo y forma y partido—, el “jolopo” de Calderón para la sucesión de la dirigencia azul, en tanto que el PAN vive una crisis emparentada a la de 1976, en la que se enfrentaron dos corrientes cuyos extremos irreconciliables por poco y destruyen al partido. ¿Qué es lo que está pasando intramuros del PAN, como para convertirse en un partido capaz de mimetizar algunos de los peores episodios de la vida política mexicana? Pasó lo que tenía que ocurrir y que algunos como el propio Calderón advirtieron antes de 2000: los azules ganaron el poder y perdieron al partido, que era su apostolado democrático. El PAN vive una metamorfosis que en la práctica debió dejar atrás el “zurrón” de apóstol de la democracia y debió verse a los ojos de todos el nuevo traje, el de partido en el poder. Pero resulta que en la pasada elección —julio de 2009—, quedó claro que aún no termina de irse el viejo partido azul y tampoco acaba por llegar el partido en el poder. Y los signos de ese dilema son claros para el que quiera verlos. Vamos por partes. En los previos a julio de 2009 la presidencia de Germán Martínez no subió al encordado con el traje nuevo de partido en el poder. No desplegó sus capacidades, fortalezas, y todo el brillo de un partido y su gobierno en el poder. No subió a la pelea con su vieja casaca de partido opositor. Martínez acusó de todos los males que heredaron los gobiernos panistas —y casi acusa de heredar hasta las torpezas en el poder—, a los gobiernos del PRI. El PAN, igual que el PRI Si lo medimos con la elección del 5 de julio, el ensayo de Martínez resultó un fracaso. Acaso por eso —y para acelerar el proceso de convertir al PAN en partido en el poder, al estilo del PRI—, desde el poder presidencial se aceleró el proceso y se decidió actuar igual que un partido en el poder. Es decir, desde Los Pinos salió la mano que se apoderó del partido por la única forma posible: la antidemocracia y la imposición. Eso es lo que vimos ayer en el Consejo Nacional panista, en donde no sólo se impuso con todo el peso del poder a César Nava, sino que se estimuló su candidatura única y, al final, hasta se ocultó a la opinión pública el debate crítico que vive el PAN. Vale aclarar que aquí no se cuestiona lo que ocurre en los gobiernos de todo el mundo y sus respectivos partidos. Es decir, que en todo gobierno y su respectivo partido existe una simbiosis inevitable, en donde el jefe del poder público es, a su vez, el jefe real del partido. Está claro que el de Calderón es un gobierno que requiere del control, apoyo, soporte y hasta operación de su partido. Pero el problema no es el “qué”, sino el “cómo”. Nadie duda de esa necesaria simbiosis. Lo que se cuestiona, en todo caso, es el engaño colectivo —a los ciudadanos en general y a los militantes azules—, porque nadie les ha explicado la metamorfosis que vive el PAN. Y nadie les ha dicho que, como Goyo Samsa en el clásico kafkiano, los panistas se acostaron como demócratas y despertaron como priístas a la antigua. Como cucarachas, pues. |