Esto nos lleva a la pregunta de para qué, entonces, van los niños a la escuela. Porque sí van, como hemos comentado antes. La cobertura en primaria ronda 100% (a veces incluso supera esa cifra), y la de secundaria se acerca ya mucho a ese nivel. Los niños mexicanos, o jóvenes para que no se sientan, a los 16 años han pasado entre nueve y 10 años en la escuela. Y aunque no están mucho tiempo en ella, porque los horarios se han recortado, sigue siendo una cantidad no despreciable. Se supone que el año escolar tiene 200 días, y en cada uno de ellos hay cuatro horas de clase: 800 horas al año, que suman entre 7 y 8 mil horas dedicadas a la escuela para cuando un jovencito sale de secundaria. Le recuerdo, al salir, dos de cada tres no pueden hacer más que seguir instrucciones simples: no pueden comprender más, no han sido preparados para ello. Más fuerte: no pueden pensar, y que nadie tome esto como un insulto o desprecio. Es un problema, y es de todos, no sólo de ellos. En los años 60, Herbert Simon, que después obtendría el Premio Nobel de Economía, descubrió que los expertos piensan diferente de los aficionados. Su descubrimiento ocurrió al intentar construir un programa de computadora que jugara ajedrez, algo que hoy parece de risa, pero que entonces era un reto mayúsculo. Para hacerlo, observó detalladamente cómo jugaban los grandes maestros, y notó que cuando a uno de ellos se le colocaba un tablero con las piezas en alguna posición, y luego se retiraban las piezas, el gran maestro las volvía a colocar con errores muy especiales. No ponía un caballo mal, o un peón ligeramente diferente de cómo estaba antes: los grandes maestros colocaban grupos estratégicos enteros desplazados del lugar previo. Es decir, los grandes maestros no ven las piezas al jugar ajedrez, ven bloques completos. En consecuencia, su forma de analizar un movimiento no depende, como en el caso de los aficionados, de imaginar cada posibilidad. Los expertos pueden ver patrones estratégicos de los cuales derivan una cantidad mucho menor de posibilidades, lo que les permite tomar mejores decisiones en mucho menos tiempo. Simon llamó a esa forma de ver patrones y encontrar soluciones “intuición”, lo que puede haber sido un error estratégico, porque esa palabra tiene otros significados que, me parece, han oscurecido el trabajo del gran pensador. En cualquier caso, Simon descubrió otra cosa: los expertos, para serlo, requerían tener detrás un trabajo de al menos 10 años. Medido en horas, Simon estimó que el tiempo requerido para ser un experto en algo era, más o menos, de 10 mil. Con múltiples ejemplos, Simon no demostró que esto era cierto, pero no logró demostrar que fuese falso. Dicho de otra manera, es una hipótesis que no ha podido destruirse. (En un libro muy reciente, Outliers, Malcolm Gladwell ofrece muchos ejemplos, pero no recuerdo si acredita a Simon los descubrimientos que le acabo de referir. Y no tengo a la mano el libro, así que se la debo). Si se requieren 10 mil horas para ser un experto en algo, el tiempo que nuestros niños dedican a la escuela no es suficiente. Bastaría incrementar en una hora al día el tiempo para alcanzar la cifra mágica, y eso no es mayor problema. Lo que parece más grave es que las 8 mil horas que están en la escuela no están dedicadas a las habilidades importantes. ¿en qué ocupan esas 8 mil horas los niños? Según los expertos mexicanos en educación, la escuela en nuestro país privilegia la memoria y la repetición, de forma que uno supondría que los niños son expertos en ello. Yo no soy experto en ese tema, pero por lo que puedo ver en los jóvenes, no lo son. Dicho de otra manera, presento como hipótesis que no es cierto que la escuela en México privilegia la memoria y repetición, sino alguna otra cosa. O posiblemente nada. El sistema educativo mexicano, como la mayoría en el mundo, tenía dos objetivos: dotar a los niños de herramientas básicas para ganarse la vida y legitimar al régimen político. En México, me parece, esta segunda dimensión fue la privilegiada, y por mucho, de forma que los mexicanos obtuvimos bajas habilidades cognitivas, pero una fuerte creencia en las bondades de la Revolución. Sin embargo, y de esto no encuentro datos para poder comprobar la hipótesis, a partir de la reforma educativa de Echeverría, ambas dimensiones pierden fuerza. Las habilidades se van reduciendo, y la legitimidad del régimen también. Esta última afirmación sí puede comprobarse de manera indirecta gracias al voto diferenciado por edad. Hoy, los votantes por la Revolución son sobre todo adultos mayores de 50 años. De la primera, no lo sé. Los 10 años dedicados a la educación básica deberían comprender al menos 10 mil horas efectivas de aprendizaje, y deberían concentrarse en el manejo de lenguajes por parte de los niños: el español, el inglés, el lenguaje matemático, el musical, el plástico. A final de cuentas, no hay mucho más que eso. Si un joven a los 16 años tiene problemas para entender su idioma materno, si siente aversión por el lenguaje matemático básico, si no ha podido aprender a escuchar y ver las manifestaciones artísticas, ya no se me ocurre qué se puede hacer. Es antes cuando hay que trabajar. Seguiremos con esto. |