Para ese dolor de espalda que no lo deja dormir, para esa torcedura de pie que ni en el IMSS le pueden sanar con decenas de pastillas o para esa descompostura de cuello que le impide hasta desayunar le recomendamos las manos curadoras que desde 1951 alivian las dolencias de los capitalinos en el cruce de Doctor Vértiz y Municipio Libre.Allí, al aire libre, en el parque de Los Venados se encuentran los herederos del señor Pompeyo Torres (Michoacán, 1922), quien tiene el don de saber qué enfermedad agobia a las personas con sólo mirarlas; luego las cura. Lo heredó de su padre, y éste a su vez de su abuelo, quien atendía a los habitantes de su natal Angangueo, Michoacán. Algunos dolientes llegan y hacen fila para ser atendidos bajo unas sombrillas. Allí no hay camillas ni aparatos, sólo ungüentos, vendas, aceites, bálsamos y mucha fe. Trabajan las ventosas para relajar el músculo de la espalda, las piernas y así se desbaraten los chipotes; también las costillas, la columna, huesos quebrados, chispadas, paletillas (huesito del estómago), relajando los tendones, de la espalda o el cuello, rodillas, manos y hombros. Es un arte que no se aprende, aunque la nuera del señor Torres, Adriana Ramírez, dice que la delegación Benito Juárez los manda a capacitar cada seis meses pues “un mal masaje en las vértebras te puede matar y hay que evitar esos riesgos”. Actualmente don Pompeyo ya no visita el consultorio a cielo abierto que fundó hace 38 años debido a su edad, pero cura algunas personas en su casa. A los hueseros no les gusta la tecnología. Y es que a pesar de los grandes inventos que facilitan la vida, éstos también la destruyen. Nos llevan a un desarrollo tecnológico, pero a un retraso intelectual. Las personas están más dedicadas a la televisión, la radio, la computadora y se olvidan de la familia. Ya no prestan atención a sus hijos. Se olvidan de la comunicación, de amor, los sentimientos. Así como los curanderos del pueblo, los que durante siglos han sanado y mejorado el sistema locomotor de sus vecinos gracias a la aplicación de fricciones, estiramientos y... una buena dosis de sicoterapia. La tradición se resiste a ser olvidada y la estirpe del señor de las manos mágicas del parque de Los Venados perdura la virtud de los sabios. |