Las crisis, definidas como aquellos momentos en los que la formulación de alternativas parece no poder concretarse de manera inmediata, permiten observar reacciones solidarias en aquellos cuya estructura de valores resiste las presiones más fuertes. De igual manera, las debilidades presentes en individuos y sociedades se expresan de manera brutal cuando las opciones de supervivencia se acaban rápidamente. En el terremoto del 85 vimos ambas caras cuando ciudadanos salieron a las calles a ocupar los espacios abandonados por un gobierno inepto, pero también observamos el saqueo en zonas dañadas por el sismo, junto con ciertas expresiones de xenofobia antisemita. En esta crisis sanitaria, en la que la capacidad de respuesta del gobierno fue positiva en términos generales, y la población respondió en la misma proporción, los actos de discriminación y de rechazo a “lo mexicano” provinieron del exterior. Pero no del tradicional “enemigo yanqui”, quien mantuvo las fronteras abiertas y un reconocimiento al esfuerzo de los mexicanos, sino de gobiernos “hermanos”, como el argentino, el peruano y el ecuatoriano, que sin razón científica alguna cancelaron vuelos e impusieron restricciones a los turistas mexicanos, muchos de ellos agredidos en esos países debido a su nacionalidad. En el caso de China, la combinación de histeria y prepotencia totalitaria no fue suficiente para detener el virus AH1N1, que ya llegó a ese país proveniente de un turista estadounidense que viajó de Estados Unidos a Beijing. Si la estrategia de protección china hubiese sido congruente, el cierre de su frontera y la puesta en cuarentena de ciudadanos riesgosos debió aplicarse a todos los ciudadanos estadounidenses, canadienses y mexicanos o a cualquier turista proveniente de dichos países. Pero el gobierno de Hu Jintao fue lo suficientemente prudente para no enfrentarse a estadounidenses y canadienses, de quienes podría recibir represalias que sí afectarían su economía significativamente. Los absurdos del autoritarismo chino, y la actitud discriminatoria de gobiernos y ciudadanos latinoamericanos demuestran el nivel de irracionalidad presente en momentos de crisis, cuando la ignorancia y los prejuicios convierten a un determinado grupo en el chivo expiatorio de un problema cuya responsabilidad atañe a gobiernos e instituciones de todo el mundo. Hoy México vive las consecuencias de un pensamiento primitivo que en la historia de la humanidad ha llegado a exterminar a millones de personas. |