No se trata del ántrax o de una bomba química, pero como si lo fuera: la histeria colectiva crece peligrosamente, y ahora resulta que la polarización entre conciudadanos, amigos y familiares ya no se propicia entre creyentes del legítimo o del espurio, o entre pumas y americanistas, sino entre quienes salen a la calle provistos o no de cubrebocas. —¿Por qué no se tapa? ¿Se quiere morir? La barba puede verse elegante, pero luego esconde infecciones —pregunta y sentencia de sopetón la cincuentona rubia, esquelética y… embozada que a uno le toca tener, como mala influencia, en la cola de un supermercado. —Humm… no se preocupe, señora; hay que tener calma, estar tranquilos… —Tranquilo ha de estar usted… por lo que veo; pero también hay que pensar en los demás, ¿no? —Lo creo, señora, pero por fortuna en casa no tenemos a nadie enfermo; al menos no con esas alergias o gripes… je, je, como las que uno agarra en esta ciudad tan contaminada, y… —Pues no sé, pero me acaban de avisar que ya van muchísimos más muertos que lo que están anunciando por la radio, pero que no les conviene decirlo porque están esperando el crédito que nos va a dar Obama. —No hay que creer todo, yo diría… –Pues mire, yo creo que ya no está usted como para ser tan confiado: cualquiera, hasta usted, podría tener el virus, no saberlo, pero contagiar a alguien: un niño o un anciano. —Sí, bueno, pero uno siempre se anda cuidando de catarros y de comer por la calle y… no creo. Pero, si quiere, ahorita que salga voy y me encierro; ya para que esté más tranquila. —No se trata de eso: usted puede salir, pero ¿qué le cuesta taparse? Y resulta mejor cerrar los labios. Ojos y oídos… eso sí que no. http://amilcarsalazar.blogspot.com |