Deseo insistir en que persigo tus pasos desde la semana pasada. El sabor de tu piel es el mapa que me orienta en esta ciudad condenada a la destrucción y a mendigar agua. En un mensaje SMS me has dicho que ya piensas largarte del DeEfe porque la catástrofe se ha instalado en la suite de un hotel barato. La ciudad nos devora, engulle y luego nos vomita sobre toneladas de carne humana putrefacta desperdigada por las banquetas y los túneles sudorosos del Metro. Nos arroja a sitios repletos de calderas, tubos, vapor y gente que no habla con quien está a su lado. Gente muda e indiferente. Así es la población de la Ciudad Horizontal, esa en que nuestro yo sólo es una sintaxis estadística en busca de excepción. Rastreo tus coordenadas desde el Iphone. Me has citado en Isabel La Católica 30. He llegado tarde a la cita —siempre he llegado tarde a todo; lo sabes—. Alguna música de las bocinas de una laptop. Hola, es lo único que salen de tus delgados labios color magenta. Te sientas en una de las bancas de cemento que hay en el enorme patio adornado con naranjos y pides café con hielo frappé. Calma, me dices: Sé que siempre me buscarás: así lo he planeado desde siempre. Me tomas de la mano y me conduces rumbo al primer piso de la edificación del siglo XVII, pero te detienes en las escalinatas. Me muestras la grandeza del pincel de Manuel Rodríguez Lozano (1896-1971) que pintó un mural en el Palacio de los Condes de Miravalle. De tu pequeño bolso sacas una cajetilla de cigarros; tomas uno; lo golpeas delicadamente contra el barandal metálico y lo dejas largos segundos en los labios. Lo enciendes. Me llevas como una víctima por los laberintos de tu mirada hasta que al fin volteas y me dices: asómate: mi rostro refleja el dolor de la soledad de vivir en un DeEfe sobrepoblado.
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