Pobre ciudad, que para elegir a sus munícipes sólo puede votar entre advenedizos y pillos. Pobre alcalde, que con tales delegados apoyará su gestión. Pobre “partido oficial” (PRD-GDF), que replica el dedazo y la transa del viejo PRI —arrojado del poder en 1997— y que tanto caricaturizó el maestro Rius en su historieta Los agachados. Este peatón no tiene que saber de alta política para percibir que del “primer gobierno democrático” ya no queda nada, y que el recientemente beneficiado grupo de candidatos a dirigir las delegaciones parece reírse del talento y la expectativa ciudadana: de entre 8 millones 721 mil capitalinos, el partido “de izquierda” no fue capaz de encontrar a 16 personajes “dignos”, según su criterio, para ofrecerles una candidatura. Así, pues, en la demarcación más poblada, con un millón 820 mil habitantes (“Aquí los antiguos recibían el fuego, aquí el fuego creaba al mundo”, decía el poeta Octavio Paz sobre Iztapalapa), el politburó capitalino impuso a una señora quizá respetable en filas partidistas, pero cuyo acto cívico más célebre fue abrirse paso entre humildes policías y gritarles: “¡Soy diputada, hijos de la chingada!”. En la delegación cuyo nombre homenajea al constitucionalista Gustavo A. Madero, la ilegalidad se puso junto a un funcionario de medio pelo, sedicente “ingeniero”, cuyos adversarios no sólo le grabaron profusa compra de votos y empleo de recursos públicos en campaña —toda la GAM tapizada con sus mantas— sino que advirtieron a las cúpulas, antes y después del dedazo, de la usurpación del título profesional y de una estadía de cien días en el Reclusorio Norte, bajo la acusación de fraude. Cuauhtémoc, sede de palacios virreinales que recrearon González Obregón y López Velarde, que aún pueblan académicos, intelectuales y activistas serios —desde Tepito y Guerrero a la Roma, Juárez o Condesa— no fue convocada a otorgar un candidato representativo, imponiéndosele a un licenciado de piochita llamado Agustín, de quien sólo se sabe es cuate de su jefe, un José Luis, medio conocido por cuidar la silla que le encargaron dos amigas de maximatos: Virginia y Dolores. Coyoacán, ámbito universitario y donde muchos notables hombres y mujeres pasean perros entre cafés y librerías, será regenteada por un señor Raúl (¿?), mientras que en la codiciada y enjoyada Miguel Hidalgo se ha preferido traer desde el estado de Sonora —y desde una pista olímpica china— a una dama llamada Ana y que —eso sí— es muy buena para echar carreras. Pero no reclamemos… porque nos salen como en el cuento de Juan Rulfo: “Es al latifundio (la derecha) a la que tienen que atacar, no al gobierno que les da la tierra (y los candidatos)”. http://amilcarsalazar.blogspot.com |