Tengo por Venezuela viejos ritos de amor. Conocí a la generación del exilio que regresara a Caracas, con el relente de años de tragedia, para iniciar un proceso democrático en 1959. Rómulo Gallegos, el autor de la novela Doña Bárbara, fue el primer mandatario venezolano elegido en las urnas en 1947. Su periodo, comenzado en 1948, inició las reformas. Mi amigo, el doctor Juan Pablo Pérez Alfonzo —un día sería uno de los fundadores de la OPEP— impuso el “fifty-fifty”, a las compañías petroleras USA y ello generó, en los tiempos de la ira, el golpe militar que derribó, en 11 meses, a Rómulo Gallegos. La dictadura de Pérez Jiménez fue brutal y faraónica. Cárceles y persecuciones desde la “Seguridad Nacional”. La huelga estudiantil enardeció, con la sangre, las calles. El 9 de diciembre de 1953, la Junta Militar eligió a Marcos Pérez Jiménez, presidente “constitucional” hasta 1958. En 1957 Pérez Jiménez, ante “su” Congreso se autopropulsó: “Quien ha demostrado la competencia en el ejercicio del poder debe continuar”. Con un plebiscito, “irremediable” (21 de noviembre) el Consejo Electoral lo proclamó Presidente para el periodo de 1958-1963. El Heraldo de Caracas informó así: “La noticia produjo enorme entusiasmo público”. El 1 de enero de 1958 el pueblo venezolano y parte de las Fuerzas Armadas se sublevaron y en las calles volvió a correr, infortunadamente, la sangre. El 23 de enero el dictador y su gobierno —a las 2 de la madrugada, en las sombras— abandonaban el país. El regreso de los exiliados lo tengo en la memoria: Jovito Villalba; Gustavo Machado a continuación, el doctor Caldera, líder del Copei, el 2 de febrero y Rómulo Betancourt el 10 de febrero. El recibimiento fue memorable. La Junta Provisional de Gobierno, a cuyo frente estaba el contralmirante Larrazábal, abrió el camino a las elecciones libres separadas del aparato de Estado. El 8 de diciembre de 1958 las urnas decidieron que el presidente, de la izquierda, fuese Rómulo Betancourt. Me invitó a la gran fiesta. El 14 de febrero de 1959 asumió el poder. Su duro y bronceado rostro vio resbalar unas lágrimas. Le escuché decir: “No estaré un minuto más en el gobierno que el de mi periodo constitucional”. Terminó en 1964. Estuve, antes, con Rómulo Gallegos en su casa. Vibraba apoyado en un bastón que parecía una espada. Se inició un periodo de alternancia en el poder entre Acción Democrática y el Copei social-cristiano de Caldera. El país dependía del petróleo y a partir de la rebelión de 1973 de la OPEP los precios altos —lejos del delirio en nuestros días— generaron corrupciones y viejos vicios. En el periodo de Carlos Andrés Pérez se lastimó la vida nacional. Aún recuerdo la entrevista que le hice para el Canal 2. Un libro mío, El Tercer Mundo, que tuvo muchas ediciones, se lo dediqué a un venezolano, Miguel Ángel Burelli, que fue ministro. Tiempos difíciles. Me recordaban la Carta de Jamaica de Bolívar (1815) señalando, doloroso, que temía que el populismo devorara la gran epopeya. Acusado de que aspiraba al poder absoluto, dimitió y sólo con unos amigos buscó el exilio para morir, en Santa Marta, en 1830, prácticamente solo. Ni de lejos pensó el Libertador en imponerse con las armas. Bolívar ha sido muy mal comprendido. Mi amigo Pérez Alfonzo, el hombre que en el gobierno de Gallegos, impuso el “fifty-fifty” a las compañías petroleras de EU fue un cálido interlocutor mío en su casa: al pie del Monte Ávila. Esa generación merece respeto. La reelección infinita nada tiene que ver, primero, con el socialismo democrático y, segundo, con las luchas sociales para asumir la alternancia en el poder como garantía de la renovación de las sociedades. El “cheque del petróleo” se termina y Hugo Chávez, que ha ganado las elecciones, deberá aprender la humildad y la serenidad. El tiempo nos depara la lección de la Historia. Es la única reelección. |