Ese día hubo expectación entre los científicos. Durante 96 horas continuas, la Secretaría del Trance Ambiental calificaba de “letal” el aire que rodeaba (casi inmovilizaba, dada su espesura y pegajosidad) a los habitantes de la Ciudad en Movimiento Bicentenario.Tal era el nombre, para ese entonces, de la urbe que ya había ganado el mayor número de marcas Guinness del sistema planetario; entre ellos, el más alto de obras públicas simultáneas, el de plantones, marchas y bloqueos, así como el de rutas malhechas de Metrobús. En su aviso, la dependencia aceptaba que los indicadores de partículas ya no bajaban de 400 puntos, siendo de 300 el límite de operabilidad del común de mascarillas protectoras que utilizaba la población para tomar las calles. Microscópicas esferas de metal se movían en remolino sobre el primer cuadro urbano, caracterizado por su estado permanente de feria, barullo y operativo. Llovían pedacitos de mercurio sobre las obras del tercer piso del Distribuidor Concéntrico y de otras vialidades, varias de ellas paralizadas en virtud de que las ruedas vehiculares se medio pegaban al piso, por influencia de los contaminantes. El cadmio se adhería también sobre epidermis que enrojecían como córneas de niño griposo. En las clínicas, los enfermos suplicaban ayuda; no pocos de ellos, quejándose de ardores sobre párpados y pómulos, sacudiéndose con energía las fosas nasales, carraspeando, expulsando sustancias grises y azuladas. El uso de analgésicos crecía exponencialmente, dada la epidemia de jaquecas. La autoridad no ocultaba su molestia, franco enojo, por tener que prolongar el estado de excepción. Decía: “A pesar de las medidas preventivas que hemos tomado: la restricción por las mañanas de unidades de carga, de particulares con placas de otros estados que no porten el holograma siete ceros, la advertencia de no quemar llantas, cohetes y otras cosas, la suspensión de obras de bacheo, etcétera, la calidad del aire… no mejora”. Y daba pena —ajena, claro— notar la desazón de las autoridades de la influyente OPAM (Obras Públicas al Mismo Tiempo) y, no se diga, de sus contratistas, al verse obligados —“por culpa de la tal contingencia”, gruñían— a parar las máquinas. Sobre las flamantes avenidas Modernidad y Reencementamiento Urbano, por ejemplo, podían verse otrora humeantes y costosas grúas y revolvedoras detenidas, además de personal de operación sentado, a excepción de banderilleros, en espera de mejor aire para continuar. Y en esas andábamos cuando nos cayó encima… eso, como tsunami químico. http://amilcarsalazar.blogspot.com |