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Notas de la semana | Carlos Monsiváis

“Me fueron a vender un santo”



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    Domingo 15 de febrero de 2009

    Me fueron a vender un santo,
    sin marco, sin cristal y sin vidriera.
    Me fueron a vender un santo,
    sin marco, sin cristal y sin vidriera.
    La gente preguntaba qué santo era,
    y era el santo más chingón de la galera.
    Canción presidiaria de la década de 1920.
     Recopilación: Juan de la Cabada

    De las tristezas que se han abatido sobre la Patria Blindada contra la Adversidad, la más dolorosa a juicio de los verdaderos creyentes es la desaparición en los altares de la gran sombra protectora: el padre Marcial Maciel, el proyecto de santo más poderoso que se veía en América Latina desde la coalición de Felipe de Jesús-Martín de Porres-Rosa de Lima.

    En las parroquias, en los atrios, a la hora de esperar la vocación del rezo, en las penumbras donde se anidan los rosarios, hoy se murmura, mientras la pena se transfigura: “¡Ya no será santo, rondará en nuestros corazones, eso sin duda, pero el hueco en los altares resplandecerá como herida de la condición humana!”.

    Lo de menos es el desencanto generalizado entre la feligresía, lo de menos es la acusación muy difundida de que al Ya No Santo le inventaron una hija para cubrir sus otras aficiones; lo primordial es la melancolía que va de un extremo al otro de las plegarias: “¡Se nos cebó el santo! ¡Y cuando más falta nos hacía, con esta crisis que exige la nueva forma del milagro: el empleo!”. Como se dice vulgarmente, se nos fue el santo al suelo, allí donde nadie lo buscará.

    *   *   *

    La santidad, hoy, es un término secularizado en lo fundamental. Los procesos de beatificación y canonización, que incluso se han acrecentado, son cada vez más premios de consolación para quienes no vivieron o transvivieron la época en que ser santo o santa sí que importaba; ahora es apenas una seña de identidad de cofradías y beatas, el recuerdo de un gran premio de un “egresado de esta institución”.

    Tradicionalmente, al santo lo guiaba la renuncia no sólo a los placeres de este mundo sino al sentido mismo de lo terrenal.  Los santos eran iluminados de Dios, en el sentido estricto, que convertían sus vidas en enormes metáforas visuales y en rumores a modo de chismes de la milagrería.

    Emblemas de la voluntad de Lo Alto, los de la santidad se entregaban con desmesura al sacrificio porque a su sicología (entonces alma o espíritu) la ordenaba un propósito superior. Y, algo básico, los Elegidos carecían de conciencia de sí.  Muy pocos de entre los santos hubiesen suscrito las palabras de San Efrén el Sirio: “Todo el que se imaginó haber visto a Dios se vio a sí mismo y sus imaginaciones”.

    Muy pocos, también, hubiesen hecho suyo el soneto atribuido a fray Miguel de Guevara:

    No me mueve mi Dios para quererte
    el cielo que me tienes prometido,
    ni me mueve el infierno tan temido
    para dejar por eso de ofenderte.
    Muéveme tú, Señor, muéveme el verte
    clavado en una cruz y escarnecido.
    Muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
    muéveme tus angustias y tu muerte.

    *   *   *

    Prescindir de la cercanía de recompensas y castigos no ha sido lo propio de santos y santas.  Y tampoco propician las investigaciones en torno a los motivos del comportamiento.  En este terreno, desde el siglo XX, la noción del inconsciente, por sí sola, derrumba las fortalezas de la confianza antigua.

    Lo que se creía impulsado por el amor a Dios es ya, de acuerdo a los criterios freudianos y posfreudianos, un caso límite, al alcance de la siquiatría, el sicoanálisis, la sicosociología y la sicología experimental.  En un ensayo precursor, Las variedades de la experiencia religiosa, escrito en 1901-1902 (1903),  William James da su versión:

    “El nombre común para los frutos maduros de la religión en el carácter es el de santidad, el carácter santo es aquel para el cual las emociones espirituales son el centro habitual de la energía personal y existe una panorámica compuesta por la santidad universal, la misma para todas las religiones, de la cual podemos trazar fácilmente las características”.

    Son éstas, a saber:

    1. La sensación de vivir una vida más abierta que la de los pequeños intereses de este mundo, y la convicción, no sólo intelectual sino sensible, de la existencia de un Poder Ideal.  En la santidad cristiana este poder está siempre personificado por Dios, pero los ideales morales abstractos, las utopías cívicas o patrióticas, o las versiones íntimas de la felicidad y el bien también pueden sentirse como verdaderos dueños y estímulos de nuestra vida (la realidad de lo no visible).

    2. La sensación de la continuidad amistosa del Poder Ideal con la vida del Elegido, y una rendición voluntaria a su control.

    3. Una libertad y una alegría inmensa son los perfiles de una individualidad ajena al egoísmo.

    La definición/descripción de James es, por fuerza, paradigmática, y no toma en cuenta la profusa mitología de los santos ni los procesos de intolerancia que producen, y con energía, santos oficiales.

    ¿Qué tienen que ver con lo anterior figuras como Santo Domingo de Guzmán, que se propuso extirpar físicamente el pecado, o como San Eligio, que rechaza la seducción del diablo vestido de mujer y lo manda literalmente a volar, o como San Carlos Borromeo que es cura a los nueve de edad y obispo a los 22, o como Santa Isabel de Hungría, que reprendida por darle la comida de la casa a los enfermos, la convierte en rosas?  Más bien, James se refiere al santo como emblematización de la utopía más lograda del cristianismo, el Sermón del Monte, algo no relevante en el mapa hagiográfico de mártires y religiosos inflexibles.

    No quisiera cuantificar lo que hemos perdido con este prófugo de los altares, San Marcial Maciel. Seres magníficos quedan y muchísimos a la disposición de las preces, ¿pero cuántos de ellos nacieron en Cotija, Michoacán? 



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