Los ojos de cierta mujer quizá estaban llenos de lágrimas, pero nadie la divisó a tiempo. Su cuerpo tal vez experimentaba cosquilleos y sudor frío, mientras que en su mente posiblemente había una tormenta que sólo creía poder librar de una manera fatal, y…Pero ningún pasajero o guardia advirtió nada y este viernes 6 de febrero —tal y como ocurre cada 11 días en esta ciudad—, otro ser anónimo se suicidó arrojándose al paso de un convoy del Metro (su nombre y otros datos, de haberse anotado, sólo podrían verse en actas reservadas del Servicio Médico Forense). Sucedió en la estación Ermita, con dirección a Taxqueña, alrededor de las 13:20 horas, dijo la SSP-DF, instancia que como mejor dato reportó: el tren elegido por la víctima, de entre 30 y 35 años, fue “el número económico 35 con las motrices 660 y 661”. También se supo que socorristas de las unidades 05 de la Cruz Roja así como la A8-006 del ERUM se hicieron cargo de rescatar el cadáver, a fin de restablecer el servicio, que se normalizó a las 13:50 horas. Y eso es todo lo que uno, normalmente, puede averiguar cada vez que un conciudadano utiliza el Metro para morir (“34 casos anuales, más o menos”, ha dicho a El Gráfico la Dirección del SCT). Pero nadie rastrea algo más. Ni el Presidente, el secretario de Hacienda o el de Salud, ni el jefe de gobierno o el director del Metro se enteran —más allá del parte policial o del dato estadístico—, de las causas de los suicidios. Ninguna instancia gubernamental consigna que fulanita pudo matarse: “por culpa de la situación económica”, “por el abuso de los servicios públicos y privados”, “por el acoso bancario, del SAT o de otros acreedores”, “por el cansancio de una nación siempre en crisis” etcétera. Tampoco reporta —salvo que un Ministerio Público quiera hacerlo— que la decisión de saltar a las vías se tomó por la pérdida de un familiar durante un accidente de tránsito o a manos de la delincuencia; si por desamor o ruptura con la pareja, si por causa del esposo, padre o hijo golpeador o indolente, si tenía remordimientos por algo, si padecía una enfermedad o, simplemente, porque estaba harta de la vida, de la ciudad y de todos (o buena parte de) nosotros: indiferentes frente a las tormentas ajenas. Y en paz que descanse, solemos decir. http://amilcarsalazar.blogspot.com |