Nuestro país enfrenta retos inusitados, de dimensiones descomunales. La violencia, la inseguridad, el crimen organizado, la recesión mundial, la caída de las remesas, el desempleo en aumento, la resbaladilla del peso, la falta de acuerdos nacionales, la tensión política y el gasto absurdo que conlleva el año electoral... pero nada de eso importa: lo que verdaderamente vale, donde el orgullo patrio está en juego, es en el partido de futbol del próximo miércoles.México contra Estados Unidos. Así. No es la selección mexicana de futbol contra su similar estadounidense, no. Se trata de un choque entre naciones en el que van de por medio agravios históricos, pérdidas de territorio, invasiones e intervenciones, vecindades incómodas, el maltrato a nuestros paisanos allá, la penetración cultural acá, la compra (o la venta) del país, las drogas que ellos nos compran y las armas que ellos nos venden... La relación entre dos países con una frontera común tan larga y con una vecindad tan asimétrica es necesariamente compleja y difícil, pero creo no equivocarme si aseguro que es en el balompié donde encontramos las verdaderas distancias, lejanías, entre ambas naciones. Para muchos mexicanos, el encuentro del próximo miércoles equivale a una oportunidad para cobrar afrentas, borrar derrotas y afirmar la verdadera superioridad nacional en lo que sí importa. Y eso, lo que para muchos de nuestros compatriotas es lo verdaderamente relevante, eso es el llamado deporte nacional. Siempre me han intrigado los conceptos del nacionalismo que se adhieren o se aferran a asuntos tan concretos o abstractos como la bandera, la música, la cultura popular, el idioma, la comida y —por supuesto— el deporte. En muchos países los deportistas son considerados una extensión de los valores nacionales, sean estos el tesón, la disciplina, la honestidad, la fe o cualquier otro del que la nación respectiva se enorgullezca. En México, con muy honrosas excepciones, el deporte y los deportistas sustituyen a esos valores, de tal suerte que terminamos haciendo ídolos de individuos que muchas veces son el ejemplo de todo a lo que no deberíamos aspirar: los tramposos, los suertudos, los que se sintieron mal y por eso perdieron, los que no eran lo que nos dijeron, los que son pendencieros, o bebedores, o arrogantes hasta el límite. Unos pocos —y pienso por ejemplo en el entrenador Javier Aguirre— son gente de bien que se conduce profesionalmente, que son exitosos y conservan la modestia y el estilo y que cuando sufren un traspié no le echan la culpa a nadie, ni inventan pretextos, ni reclaman supuestas trampas, complots o excesos o falta de condimento en la comida. Son esos los que sí reflejan lo que quisiéramos que fuera nuestro país: un lugar de trabajo, de responsabilidad, de esfuerzo, de honestidad. Pero lamentablemente cada quien tiene los deportistas que se merece, y México no es la excepción. Nuestro deporte nacional, que tiene bien poco de autóctono, es claro reflejo de todo lo que aquí acontece, y es tal vez por ello que le atribuimos tal importancia a lo que haga o deje de hacer el seleccionado mexicano, a lo que suceda cuando nuestro destino está en juego, como es el caso cada vez que se enfrenta a los estadounidenses. El caso de los jugadores naturalizados es otro ejemplo: un asunto que en cualquier otra parte es de lo más natural en México enciende pasiones y despierta al pequeño monstruo de la xenofobia y la discriminación. Yo no entiendo cómo es que puedan existir personas que exijan requisitos más estrictos para integrar un equipo de futbol que para votar o tener un pasaporte, pero claramente el hecho de que se permita —en la selección o en cualquier otro rubro— que haya mexicanos de segunda es algo que debería avergonzarnos. Le atribuyen a Carlos Monsiváis la frase aquella de que quien no sabe de futbol y telenovelas no entiende a México. No sé si sea suya la cita, pero merece serlo. Lamentablemente, el nivel de ambas es el mismo que el de nuestra triste patria. |