El término asusta a cualquiera. Habla de un país colapsado, sin instituciones funcionales, a merced de líderes tribales, pandillas criminales, caciques y capos. Se refiere a un gobierno incapaz de proveer los servicios y seguridades más elementales a la población, sin control pleno sobre su territorio, inerme frente a la fuerza superior de sus enemigos. Cuando escuchamos hablar de Estados fallidos pensamos de inmediato en Haití, Afganistán, Chechenia, Somalia o en alguna pequeña isla en el Pacífico. Ampliando un poco o un mucho el concepto tal vez pensaríamos en Irak, Moldavia, Georgia, incluso en Paquistán o Zimbabue, vaya, hasta en Bolivia. Pero ¿México? De unos meses para acá, con esas coincidencias que sólo se dan donde los medios son absolutamente libres y no obedecen consignas ni se pliegan a agenda alguna, como es —dicen— el caso de Estados Unidos, los comunicadores estadounidenses han redescubierto a México. Olvidado después del súbito ajuste de prioridades que siguió al 11 de septiembre de 2001, nuestro país ocupa de nuevo portadas de revistas, encabezados de periódicos, espacio en los medios electrónicos y en los blogs. Lo que ahí se encuentra es negativo y alarmante, pero no es nada que no podamos leer todos los días en los medios mexicanos. Inseguridad, delincuencia, narcotráfico, crimen organizado, secuestros, ejecuciones, corrupción, dificultades económicas, caída de remesas, problemas migratorios, pobreza, desigualdad... De hecho, de este lado de la frontera la cobertura es mucho más detallada, mucho más amplia y, por supuesto, abrumadora por la cotidianeidad con que se presenta. Lo que sí preocupa es la facilidad, la ligereza con que muchos medios extranjeros llegan a sus conclusiones. El mismo concepto del Estado Fallido es un ejemplo, quizá extremo, pero si nos remitimos al ya famoso artículo de la revista Forbes, que se ha vuelto simbólico de ésta nueva andanada de críticas y cuestionamientos, nos encontramos con otros ejemplos de aseveraciones aventuradas, como aquella que afirma que no hay aspecto de la vida cotidiana en México que no esté impregnado por la violencia vinculada a las drogas. ¿Será cierto, será posible? Me da la impresión de que a muchas de las notas que se publican en el extranjero acerca de nuestro país les falta contexto, profundidad. Algunas son refritos no muy buenos de lo ya aparecido en México, otras reflejan claramente la ideología del medio que las presenta, otras más parecen influidas por corrientes de opinión o por intereses creados allende el río Bravo. Pero todas muestran claramente la incapacidad que tenemos los propios mexicanos de exponer adecuadamente nuestra situación. Gobierno federal y gobiernos estatales, académicos, empresarios, representantes de la sociedad civil, comparten por igual las insuficiencias o el desinterés por comunicar correctamente, por explicar mejor qué es lo que está pasando aquí. Me cuesta trabajo entenderlo, pero una nación con más de 100 millones de habitantes y un PIB que se cuenta entre los más grandes del mundo en desarrollo no puede transmitir adecuadamente a su vecino, con el que sostiene una relación que sólo puede caracterizarse como vital, cuáles son los retos, las oportunidades, los peligros que enfrenta. Decían los antiguos que no se debe nunca matar al mensajero. Los medios son eso, emisarios, y no es su culpa que seamos los mismos mexicanos, supuestamente los más interesados, los que no les damos ni la información ni el contexto adecuado para entendernos mejor y, de paso, no es cosa menor, para incidir con mayor peso y eficacia en la capital de ese vecino que es —además— la única superpotencia que queda en el mundo. Así que no hay una confabulación para presentar solamente el lado negativo de las cosas fuera de México... ¿O sí? |