Debe ser la naturaleza humana. No hay otra manera de entender la cantidad de tonterías y sandeces que la gente expresa —de buena o de mala fe— cuando se trata de calificar, o mejor dicho de descalificar, a los que piensan distinto o a los que de plano son distintos.Durante el último mes he escrito en varias ocasiones acerca de la conflagración en Gaza, deteniéndome a analizar la conducta del gobierno de Israel, de Hamas, de Al-Fatah y de otros actores involucrados en el conflicto. He procurado ser objetivo e imparcial, evitando al máximo los adjetivos y sobre todo los juicios sumarios a los que somos a veces tan afectos quienes tenemos acceso a los medios de comunicación. Me alimento de los comentarios de mis lectores, los que me llegan por correo electrónico o a mi página de internet. Si bien ocasionalmente omito responder, nunca dejo de leerlos, nunca dejo de reflexionar acerca de sus señalamientos, críticas, opiniones. Aunque invitan menos a la reflexión, leo también aquellos que se quedan en la ofensa o el insulto gratuito, materia prima de los que a falta de ideas propias o ajenas sólo pueden recurrir al denuesto. Pero, insisto, todo comentario es leído y muchas veces contestado. El conflicto en Gaza ha despertado pasiones, odios y temores entre simpatizantes y antagonistas de Israel y/o de los palestinos. Es este un capítulo más de una interminable historia de agravios, venganzas, revanchas y rencores que se remonta a tiempos bíblicos y que no tiene solución fácil o aparente. El sufrimiento de uno es el placer perverso del otro, o al menos así parece. Quienes más fervorosamente creen en su causa son quienes paradójicamente más hacen por desacreditarla ante los ojos de los demás. Los fanáticos de cada lado se retroalimentan mutuamente hasta cerrar el círculo vicioso de la violencia y el terror, y hacen de la muerte y la privación ajena el único destino aceptable. Me echo un clavado a los medios o a los comentarios que recibo y me topo con opiniones que sólo confirman mis peores expectativas. El odio y la descalificación, por allá y por acá. Desde el que no baja a los palestinos y/o a los musulmanes de animales salvajes hasta el que afirma que los judíos no han dado nada al mundo más que pena, todos compiten, todos se igualan en su simplismo, en su negatividad. Por un lado el supuestamente ilustrado que se alarma ante el avance de lo que llama “el fascismo musulmán”; por el otro el que denuncia el genocidio judío como si lo de Gaza y lo de Auschwitz fueran equiparables. Por cada uno que justifica la guerra, otro que justifica el terror, por cada uno que niega el Holocausto, otro que minimiza el sufrimiento de los civiles inocentes en Gaza y el sur de Israel, otro que reafirma con orgullo sus prejuicios, su chovinismo, su desprecio por los demás que no son como él... Posdata futbolera No puedo dejar de referirme, así sea de paso, al increíble y provinciano debate en torno a los jugadores naturalizados mexicanos que participan en la selección nacional de futbol. Como si el representativo del balompié mexicano tuviera mayores méritos o una estatura superior a la ciudadanía de nuestra pequeña o gran nación, hay quien pretende descalificar a los no nacidos en México o considerarlos de segunda o de tercera e impedirles formar parte de ese equipo. Lejos de mí pensar que la selección mexicana de futbol sea o deba ser ejemplo o estandarte de lo que es nuestro país. Ya bastante lamentable es el nacionalismo ramplón que nos caracteriza sin tener que añadirle las virtudes o defectos de un deporte que dice ser nacional pero que en realidad ejemplifica como pocos la globalización. Pero lo que no es admisible es que alguien pretenda erigirse en juez de quién es o no mexicano, poniéndose por encima de las leyes y del sentido común. Quienes adoptan la nacionalidad mexicana son tanto o más mexicanos que los aquí nacidos. Ellos eligieron ser mexicanos, los demás lo somos por casualidad. |