Hace poco más de tres años la Asamblea General de la ONU decidió designar el 27 de enero como el Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, 60 años después de que el Ejército soviético liberó uno de los más notorios campos de concentración nazis, el de Auschwitz, en Polonia. Fue significativo que la Asamblea General adoptara esta resolución por consenso, es decir, sin necesidad de someterla a votación, y que sumaran sus voces en favor de ella países árabes y musulmanes como Egipto, Jordania e Indonesia, así como la Santa Sede y, por supuesto, Israel.Llama la atención por su ironía, empero, no sólo el largo tiempo transcurrido, sino también el hecho de que mientras que la nación liberadora (la Unión Soviética) ya no existe, el pueblo liberado cuenta con su propio Estado. Para quien haya recorrido alguna vez uno de los campos de la muerte que sembraron los nazis en Europa o visitado museos como el de Yad Vashem en Israel, resulta inconcebible y ofensivo que hoy en día haya quien pretenda negar o minimizar ese aterrador y horripilante hecho histórico. Sin embargo, no faltan quienes, disfrazando con el manto del “revisionismo” sus prejuicios y su antisemitismo, buscan rebatir lo irrebatible, justificar lo reprobable, matizar lo incalificable. Un ejemplo de cómo esos personajes nefastos se encuentran hasta en las supuestamente mejores familias es el del obispo lefebrista Richard Williamson, notorio entre otras cosas por negar que judíos hayan muerto en las cámaras de gas nazis, y cuya excomunión fue revocada por el papa Benedicto XVI el sábado pasado, justo antes de la conmemoración del Holocausto, demostrando un sentido muy particular de la sensibilidad política y religiosa del Vaticano. Con mayor o menor mala fe que los “revisionistas” actúan los que pretenden equiparar otras acciones, tal vez reprobables y hasta criminales, con el Holocausto o con el término legal que mejor lo define: el del genocidio. Desde defensores de los derechos humanos que no se dan cuenta de que calificar cualquier abuso así es trivializar el concepto, hasta activistas que pretenden hacernos creer que lo que en Gaza sucedió en días y semanas recientes se asemejó al Holocausto, yerran en su simplificación, en su generalización. Yo no he dudado en reprobar las tácticas del Ejército israelí que tantas muertes y sufrimiento provocaron entre la población civil de Gaza, de la misma manera que critiqué las políticas terroristas de Hamas, pero me parece, además de absurdo, francamente manipulador buscar equiparar esos hechos con un acto de genocidio. Es más, creo que quienes así se expresan incurren —por ignorancia o por descaro— en la misma falta que tantos otros antisemitas que creen que al reducir o minimizar lo acontecido a los judíos durante el negro periodo del nazismo están de alguna manera desacreditándolos. Hay, sin embargo, un tema subyacente sobre el que vale la pena reflexionar. Han pasado ya tres cuartos de siglo desde que Hitler y los suyos comenzaron de manera sistemática a perseguir a los judíos y a otros, y más de 60 años de que el mundo pudo ver sin ambages los horrores cometidos en ese asesino frenesí. Con justa razón se ha buscado mostrar esos crímenes y recordarlos, bajo la premisa de que sólo así podrá evitarse su repetición. ¡Nunca jamás! Es ese el lema, la encomienda, el mandamiento. Pero a fuerza de recordarlo, el Estado de Israel se arriesga a hacer que todo, es decir su conducta, sus políticas, sus ideales, sus valores, se rija y se decida en función de ese negro capítulo de la historia, de su historia. Y yo me pregunto si un pueblo como el judío, que tanto ha dado a la humanidad, puede permitirse que lo defina el más grande acto criminal, la más grande muestra de odio, intolerancia y ceguera colectiva del que tengamos memoria. No soy nadie para juzgar: no sufrí ni en carne propia ni en mi familia esos horrores, no padecí las persecuciones o los pogromos. Pero no puedo dejar de pensar que los judíos y su patria son más, mucho más que eso. |