Me cuesta mucho trabajo imaginar en una misma frase, en un mismo renglón, el nombre de Israel y el término de crímenes de guerra. No empata con el Israel que yo conocí hace ya varias décadas ni con los amigos que allá tuve y tengo, ni con el concepto que me merece un país surgido del estoicismo y el heroísmo de un pueblo sometido a innumerables persecuciones a lo largo de su historia.A lo largo de muchos años y muchos conflictos, he seguido de cerca la trayectoria de esa todavía joven nación que en algún momento representó tanto para tantos, judíos y no, sionistas y no, que creyeron que era posible crear un Estado democrático, liberal y justo en medio del desierto. Israel era para muchos, aún lo es para algunos, la imagen del vergel en medio de la nada, del reverdecimiento de la tierra, de la esperanza del espíritu humano. A la creación del Estado de Israel el Medio Oriente no era precisamente ejemplo de los valores de libertad, democracia, igualdad y honestidad. En parte por el legado funesto del imperio británico, en parte por la irresponsabilidad propia de naciones árabes emergentes, y más adelante por la intromisión de actores externos, la región estaba a años luz de sus orígenes como la cuna de la civilización y de los valores occidentales, de aquel lugar de nacimiento de tres grandes religiones que norman las creencias y quisiéramos pensar que las conductas de buena parte de la humanidad. El Israel del que muchos no judíos se enamoraron, al que idealizaron, era aquel en el que florecían el libre debate y la tolerancia, en el que de las cenizas de la mayor masacre de la historia se había construido un ente que representaba —tenía que representar— todo lo opuesto de los horrores del nazismo, del fascismo, de los pogromos, de las mentiras y falsedades del antisemitismo, de la discriminación, de la marginación de los que fueran diferentes por credo, etnia o manera de pensar. Generaciones de no judíos crecimos viendo a Israel con simpatía y empatía, reconocimos el valor que implicó no sólo construir algo de la nada, sino también soportar la agresión e intolerancia de los vecinos, defenderse día con día, crear modelos comunitarios como los kibutzim, establecer practicas políticas desusadas en el vecindario, respetar y promover los derechos de las mujeres, en fin, construir una nación que parecía destinada a ser distinta y mejor. Aún recuerdo la expresión esperanzada de un joven cuya familia —judía— había emigrado de Sudáfrica rumbo a Israel, esperanzado él de encontrar una nueva patria en la que la exclusión y el apartheid fueran cosas inauditas. Las guerras que libró Israel contra los árabes en 1948, 1967 y 1973 (excluyo deliberadamente la de 1956) reforzaron esa imagen de David peleando contra Goliat, pero la invasión a Líbano en 1982 y la subsiguiente masacre de palestinos a manos de milicianos libaneses aliados de Israel comenzaron a cambiar la percepción que el resto del mundo tenía del conflicto. A partir de ahí las cosas se polarizaron aún más y tanto palestinos como judíos radicales se adueñaron de los controles y embarcaron a sus respectivos pueblos en una lucha sin fin y sin remedio aparente. Hoy corre por doquier la acusación que a mí me parece increíble, inconcebible: Israel —se dice— ha cometido en Gaza crímenes de guerra, utilizado armas prohibidas como municiones de fósforo blanco, apuntado conscientemente a civiles no combatientes, violado la Convención de Ginebra... Donde yo me imaginaba un airado desmentido, un desgarramiento de vestimentas por acusaciones tales, promesas de investigación, veo que el gobierno de Ehud Olmert ofrece protección a los soldados y oficiales acusados, y un tenue, muy tenue acuse de recibo de que “algo” podría haber pasado. No sé, no puedo saber por ahora, si hay certeza en las acusaciones. Lo que sí puedo asegurar es que el primer interesado en aclararlas, con plena transparencia y apego a la verdad, es el propio Israel. |