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México D.F., a 26 de enero de 2009 | 9:05 AM

Jacobo Zabludovsky
Bucareli
26 de enero de 2009
Estatuas


Esta mañana tengo una cita con José Pagés Llergo.

Hace unos 20 años, poco después de su muerte pronuncié el discurso al develarse su estatua en la ciudad de México. Hoy colocan la mía junto a la suya, como si el bronce hiciera renacer y prolongara la íntima amistad que nos unió las últimas tres décadas de su vida.

Después de largos meses de insistencia, Carlos Hank González y yo lo convencimos de la necesidad de un testamento para tranquilidad de su esposa Beatriz y sus hijos Pepe y Beatriz. Nuestra terquedad y una larga agonía habían vencido su repudio. Esa mañana cuando llegamos con el notario a su casa de la calle de Emerson, acababa de morir. Nunca vio el documento listo para su firma.

Más importante que el contenido de su testamento frustrado es el de su trayectoria personal y profesional. Recojo algunas de las frases que dije hace dos décadas para reconocer con gratitud que si alguna razón justificara el homenaje de hoy sería lo aprendido a su lado durante el tiempo que colaboré en la revista Siempre.

Pagés Llergo dio especial dimensión al concepto de la amistad. Lejos de debilitar con ello su valía profesional, le dio el sentido que mantendría a lo largo de toda su vida. Primero fui hombre, luego fui periodista, solía decir, y en esa razón cronológica encontraba justificación a su dogmática lealtad de amigo. Se adelantó a su tiempo: inició y desarrolló un periodismo de opiniones plurales, diversas, contradictorias. Así reunió en las páginas de sus publicaciones a los más prestigiados pensadores y ensayistas de su época, a quienes ambicionaban llegar a una tribuna donde su palabra, además de ser leída, fuera respetada. Pagés Llergo dio a sus colaboradores no sólo la tinta, el papel y los lectores, sino algo más escaso y trascendente: un sentido monolítico de la dignidad. Hizo un periodismo para la inteligencia y para el combate. En respuesta a alguna reacción adversa murmuraba: alguien tiene que decir las cosas.

Él dijo las suyas. “Como el primer corresponsal que llegaba a Varsovia fui llamado ante el Fuhrer… En él encarna toda la grandeza de un pueblo… Hitler, arquitecto de una Alemania magnífica… Personalidad que electriza a un imperio de noventa millones de habitantes, rebasa las fronteras de Europa y se proyecta, coloso de su tiempo, sobre el mapa del mundo. ¿Cuál será su destino? Nadie puede señalar cuál es la tumba de los vientos.” (Revista HOY. “Yo hablé con Hitler”. Octubre, 1939).

Había cedido a la seducción de un déspota en el máximo resplandor de su delirio triunfal, en medio del poder absoluto, cuando los atavíos de caudillo eran disfraz de un asesino extraviado.

Al recibir en 1983 el Premio de Derechos Humanos René Cassin, Pagés Llergo dictó la mejor lección de periodismo y valor que alguien puede recibir. Parte de aquella confesión: “Debo a ustedes y me debo a mí mismo estas palabras, estos recuerdos que hoy acuden un poco en auxilio de mi conciencia y un mucho en reproche de mi condición de periodista. Son como fantasmas, como voces que vienen de lejos y que parecen hablar de cosas imaginarias, de cuentos irreales de algo que nunca pudo ocurrir en este mundo. Son gritos delatores que todos quisiéramos acallar, silenciar, sepultar en el fondo del pozo donde queremos ahogar nuestras culpas más íntimas y más secretas. Pero el tiempo las magnifica y nos hace volver a la realidad de lo que somos y nos acusa por lo que hicimos y a veces, con mayor razón, por lo que dejamos de hacer, por lo que pudimos hacer y no hicimos.

“A ustedes y a mi paz interior debo estas palabras.

“Yo coincidí en el tiempo y en el espacio, estuve físicamente presente en una hora sombría de lo que todavía entonces se llamaba humanidad. Fue en 1939, cuando el hombre se asomó al balcón del infinito para presenciar horrorizado la imagen de su propio ser y al reconocerse, huyó avergonzado de sí mismo prisionero de su conciencia. No por abrir heridas dolorosas debemos olvidarlo, porque todo esto ocurrió a la vista del mundo. Pero este reportero, a quien la generosidad de ustedes ha otorgado el premio René Cassin cegados seguramente por su cariño, no denunció, no protestó. Simplemente no se enteró de que vivía en el centro del infierno, y un periodista que carece de sensibilidad y que no está a la altura de su misión en horas definitorias de la historia, no merece el honroso título que ostenta, porque no ha sabido ser solidario con sus semejantes que es, al final de cuentas, el acto fundamental del oficio del hombre”.

Si pudiéramos borrar su huella magistral en el periodismo mexicano, esas palabras, ejemplo de honradez y de vida, bastarían para explicar por qué hoy me agobia el honor de ocupar un sitio al lado del maestro.

  Acerca del autor

Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.

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