Es la extranjería mucho más que un acta de nacimiento o un pasaporte: es un sentido de identidad, de ánimo, de soledad, de individualismo, de empatía con los otros, con los que son diferentes, con los que no siempre encajan.Desde las primarias y después en la campaña presidencial se dijo de Barack Obama que tenía nombre, apellido y aspecto de extranjero. Los más políticamente correctos lo matizaban con la expresión foreign sounding, como si por el hecho de que “sonara” extranjero la descalificación fuera menor, pero era para muchos un artículo de fe que nadie con ese nombre y esa pinta podría llegar a ser presidente de Estados Unidos. Se equivocaron, por supuesto, en el pronóstico, porque el diagnóstico fue acertado: Barack Obama es en muchos sentidos el primer presidente extranjero de EU, y eso habrá de marcar su gestión y de paso a generaciones de estadounidenses que vivirán de cerca su mandato. Dicen que biografía es destino, y en el caso de Obama esto aplica mucho más allá del color de su piel, que ya de por sí lo marca como perteneciente a un grupo, a un sector de la población de ese país que bien puede decir que nunca ha sido plenamente estadounidense. Pero la biografía de Obama trasciende la raza y el color de la piel, pues es una cadena de accidentes biológicos, decisiones ajenas y propias que lo convirtieron en lo que es hoy: un hombre de ninguna y de todas partes, que tal vez pueda sentirse cómodo en todo el mundo o que, por el contrario, nunca acabe de sentirse plenamente integrado. A este hombre, hijo de keniata y estadounidense, le tocó crecer en una isla en la que era todavía más atípico de lo que hubiera sido en cualquier otra parte de EU; Hawai no se caracteriza por su homogeneidad social ni racial, pero seguramente era más común encontrarse con hijos de parejas mixtas en que alguno de los integrantes fuera local. Su paso por Indonesia seguramente fue igual de complicado, y su regreso a EU no fue el más tradicional. Sus muchas habilidades e incuestionable inteligencia le permitieron sobresalir en Harvard, Nueva York y Chicago, pero incluso en esa última ciudad no encajaba en el patrón afroestadounidense, pues ni era un hijo del ghetto ni tampoco descendiente de esclavos, además de ser, estrictamente hablando, un mulato. A diferencia de sus amigos y colegas negros —y de su hoy esposa Michelle— los ancestros de Obama no descendían del barco proveniente de África, sino de un padre poco convencional cuyo historial y destino tenía muy poco en común con los de los contemporáneos de su hijo. Barack Hussein Obama, mulato con nombre africano que a muchos les suena árabe, nacido en los márgenes geográficos de EU, vivido en el oriente lejano al igual que en la metrópolis, alumno destacado de Columbia y de Harvard, abogado exitoso, activista social, político... No es un curriculum tradicional, pero le da esa característica de ser diferente, tan diferente. Todavía hoy, en el supuesto arcoiris étnico de EU, una quinta parte de la población dice no conocer a personas de “raza mixta” o a parejas “interraciales”, de acuerdo con una encuesta publicada por la revista Newsweek. Una proporción similar desaprueba ese tipo de uniones y 44% de los encuestados opina que la inmigración es mala para EU. Hay cerca de 5 millones de estadounidenses viviendo fuera de su país, pero apenas 250 mil estudiaron en el extranjero en 2006-2007, siempre de acuerdo con la citada publicación. Así es la nación que llega a gobernar Obama: diversa y multicultural por un lado, cerrada y provinciana por el otro. El nuevo presidente de EU ha hecho de la apertura y la tolerancia banderas de su administración y lo mostró así en su discurso inaugural. Por eso me gustó tanto esa frase de su discurso en que subrayó que es el suyo un país de cristianos, musulmanes, judíos, hindúes y ateos. Es la primera vez que un presidente asume y reconoce que la grandeza estadounidense radica no sólo en la diversidad y la intensidad religiosa, sino también en la aportación de los no creyentes. Ahí, en la laicidad y la tolerancia, está lo mejor de las democracias. |