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México D.F., a 22 de enero de 2009 | 6:15 PM

El Duende Preguntón
¿Sabe o no sabe?
22 de enero de 2009
El primer tropezón de Obama


Anoche me enteré, pajarracos, escuchando a mi buen amigo Carlos Loret, de que al flamante presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, lo hicieron repetir el juramento que debe rendir al tomar posesión, luego de que el martes en el impresionante acto de su asunción, no pronunciara textuales las líneas que marca la Constitución de su país, porque el presidente de la Corte, John Roberts, se equivocó al decirle a Obama lo que éste debía repetir como juramento.

Así que ayer, en privado y ya sin el despliegue mediático y multitudinario del acto del martes en el Mall Center de Washington, Obama volvió a rendir protesta porque la primera no fue válida, por no haberse pronunciado textualmente lo que marca la Constitución.

Seguramente eso hizo que Obama tuviera que volver a firmar los dos decretos con los que arrancó su administración el martes, tras la primera toma de protesta, el primero que declaraba el 20 de enero como el “día de la renovación y la reconciliación” en los Estados Unidos, y el segundo con el que el mandatario ordena el cierre próximo de la vergonzosa prisión de guerra en la base naval de Guantánamo, Cuba, donde se escribieron algunos de los pasajes más penosos y lamentables de la desastrosa era Bush.

En fin, pajaritos, que me puse a pensar en lo meticulosos y celosos que son nuestros vecinos gringos con todo lo que tenga que ver con su institucionalidad. ¿Se imaginan si ese pequeño trastabilleo del presidente de la Corte hubiera ocurrido en México, en la toma de posesión de un Presidente? Lo más seguro es que algún periódico crítico o algún líder opositor, de esos que nomás están buscando la mosca en la sopa hubieran hecho la denuncia pública.

Hubiera habido escándalo, algunos periodistas hubieran seguido el tema para cuestionar la legalidad y la constitucionalidad de la toma, otros hubieran defendido oficiosamente al Presidente en cuestión y al final, tras unos días de escándalo, el tema se cerraría con la declaración de algún funcionario: “Todo fue legal”.

Si aquí fuéramos igual de cuidadosos que nuestros vecinos con lo que tiene que ver con las cosas institucionales, ¿se hubiera tenido que repetir la accidentada y tortuosa toma de protesta del presidente Calderón?, ¿se hubieran quemado las boletas de la sospechosa elección de Carlos Salinas en 1988, que aún hoy es motivo de debates?, ¿se hubiera dado carpetazo al caso Colosio con la nada convincente teoría del asesino solitario y sin que se supiera quiénes planearon y facilitaron el asesinato del candidato priísta?

Y si quieren le sigo: ¿seguiría gobernando un estado quien fue exhibido públicamente por sus nexos con pederastas y sus contubernios para encarcelar a periodistas?, ¿podría una maestra y lideresa sindical “privatizar” para ella y su grupo instituciones públicas en las que ella quita y pone directores a su antojo?, ¿tendría cabida en el escenario político un ex candidato presidencial que se niega a reconocer, “haiga sido como haiga sido”, su derrota y deambula por el país autoinvestido de “Presidente legítimo”?, ¿se permitiría que un Presidente en funciones fuera a un acto religioso e hiciera gala de su fe y credo personales, pronunciándose a favor de modelos marcados por la visión religiosa y que excluyen o descalifican a una parte de sus gobernados?

Seguro que no. Muchas cosas que aquí pasan no pasarían si en este país, pajarracos, se respetaran realmente las leyes y se cuidara con el celo que marca la Constitución la institucionalidad. Si aquí el “Estado de derecho” no fuera una constante y hueca frase en el retórico discurso de nuestros políticos; si no fuéramos, como por desgracia somos, un pueblo tan agachón que sí se queja, protesta unos días y hace muinas, llama a programas de radio o debate en mesas de café, pero cuando lo llaman a organizarse y expresar públicamente su inconformidad, simplemente dice: “No, yo no le entro a eso”, o: “A mí no me interesa la política”.

“Qué le vamos a hacer —supiró la Mafufa después de oírme rumiar mis comparaciones. Y mientras daba un sorbo a su café, parafraseó a la entrañable Cristina Pacheco: “Sí, aquí nos toco vivir”

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