“Algo me hizo serenarme, pensar que, más que preocuparme, debía ocuparme y resolver las estupideces que había cometido”Conozco al hombre que está del otro lado de la mesa. O eso creo. Lo traté durante muchos años, como mi fuente, cuando él trabajaba en el área de prensa de Televisa. Con esa idea llegué al desayuno que compartimos hace unos días. En plena semana de apología a la familia tradicional, pensé que sería bueno hablar con un padre soltero que tiene a su cargo a un hij@. Platicar de su día a día, de sus retos. En México, al menos 5 millones de hogares son dirigidos por madres solteras. ¿Y por padres solteros? De ellos poco se sabe, pero cada día dejan de ser casos aislados. Víctor Hugo Sánchez Camacho es uno de ellos. Pero su historia, y la de su hija, Ana Ximena, es más de lo que esperé. Se casó con Ana Verónica y tuvieron una hija, Ximena. La relación dejó de funcionar, se separaron. Él le daba una pensión a la madre, pero nunca le extendió un recibo. Cuando ellas se fueron de la casa, dice, se deprimió mucho. Se encerró a drogarse. Ya tenía varios años como adicto, fueron 13. Por lo general consumía dos gramos al día de coca. Pero en esta circunstancia, sólo conectó el teléfono para hablarle a su dealer, quien ya no quería darle más droga. Temía que le diera una sobredosis. “A la fecha, no sé por qué no me pasó algo. Pasé de dos a 10 gramos de cocaína…” Más tarde, la ex pareja se sometió —de manera formal— a un proceso de divorcio agrio. Pelearon la guardia-custodia de la hija. Una de las acusaciones de Ana Verónica fue su adicción. En el proceso, él acepta que truqueó las pruebas de consumo. Lo hizo, además, con la ayuda de su dealer, un militar. No recuerda el nombre del medicamento (encapsula todo contenido de toxina para sacarlo por la orina; aunque uno sea adicto es imposible detectarlo), pero sí que fue el dealer quien consiguió la receta, también de un médico militar. “Por eso cuando veo ahora estos anuncios de que ellos (los militares) combaten el narco, me da risa. ¡Si ellos son los que venden!”. Además de su adicción, buscaba mejores puestos, por lo que no atendió el proceso de divorcio. Por eso, un día su ex esposa le habló, le dijo que fuera al juzgado: habían dado un fallo. Incluso había pasado el tiempo para interponer un amparo… El resultado: perdió todo derecho con la niña. No podía ni verla. Había una restricción judicial a que estuviera cerca de ella en un radio de un kilómetro. Parte determinante del fallo se debió a que nunca comprobó legalmente que, durante la separación, aportó dinero para Ximena, que entonces tenía dos años. “Cuando lo leí, sentí que el piso se abría, me daban unas ganas de correr hasta cansarme… algo me hizo serenarme y pensar que más que preocuparme, debía ocuparme y resolver las estupideces que había cometido”. Reaccionó así, dice, porque durante el divorcio tomó un curso de “Contranálisis” con Leonardo Stemberg, a quien le hacía relaciones públicas y en el que no creía al comenzar a trabajar con él. Recuerda perfecto la reacción de Stemberg cuando le contó lo sucedido. “¡Te felicito! Sé lo que amas a tu hija y esto que te está ocurriendo es tu fondo; de aquí no hay algo más doloroso. Te acordarás de mí y un día agradecerás que esto te haya sucedido. Aprenderás que primero tienes que salir tú del hoyo y luego ya resolverás”, le dijo. Al conocer el fallo, pidió su liquidación de Televisa. Siguió trabajando con Stemberg. Dejar la droga no fue fácil, tuvo recaídas, pero llegó un momento en que el curso le ayudó, simplemente “no le entraba”. Consultó con abogados la manera de echar atrás el fallo. Cuatro dijeron que no; el quinto —que pagó gracias al mismo Stemberg— se ofreció intentarlo. Para no hacer larga la historia, después de dos años volvió a ver a Ximena. Así inició otra etapa de la relación con su hija: tenía derecho a verla cada 15 días y la mitad de sus vacaciones. Pero un día, al recogerla en casa de su mamá, detectó algo que lo hizo volver a iniciar un juicio: su madre la había golpeado. La niña no quiso decir. Estaba muy tapada aunque hacía mucho calor. Se quedó dormida y, al desvestirla, vio moretones en brazos y piernas. Triste, enojado, pero a la vez tranquilo, fue al Ministerio Público a levantar la demanda. Procedió. Le dijeron que irían por su ex mujer para encarcelarla, pero que saldría bajo fianza. No le gustó la idea, pero aceptó, pensando que ella tenía que responsabilizarse de ello. Con lo que no estuvo de acuerdo fue con que la niña quedara en custodia del DIF. No sabía qué hacer. La MP le ofreció una alternativa. Era sábado y tenía hasta el miércoles para iniciar otro proceso legal para quedarse con la guardia y custodia de la niña. Si no lo hacía, no sólo iban por la madre, también por él por encubrimiento. Y Ximena iría al DIF. Así inició un tercer proceso legal. Ahora no truqueó pruebas de drogas, llevaba seis años limpio. Incluso, cuando su abogado —dado que no lo podían probar— le sugirió omitir el hecho de su adicción, él se negó. Me explica: ha tocado el tema con Ximena. Quería ser congruente. No sólo me permite, sino que me pide que cuente todo lo relacionado con esa parte de su vida aquí. Para los que han pensado, como él, que están en una espiral sin salida. Para decir que sí hay solución y que las vidas pueden rehacerse. “¿Sabes lo que significa acostarte y, antes de dormir, pedir a Dios con toda el alma que te dé las fuerzas para reconstruir tu vida? Yo sí”. Ximena, entonces de 10 años, quería vivir con él. Declaró en el juzgado sobre su maltrato, y a él le dieron la guardia-custodia. Viven juntos desde hace más de un año. Ahora su ex esposa le pasa una pensión. Al principio sintió miedo. Vivía en casa de su madre y era un padre de 24 horas y no de cada 15 días. Hoy su vida es así: se levanta a las seis de la mañana y 20 minutos más tarde despierta a Ximena. Le prepara desayuno y lunch para la escuela. Pasa por ella un transporte escolar. Trabaja en 12 proyectos diferentes hasta la una de la tarde cuando suena una alarma, momento de hacer la comida o salir por algo para los dos. Ella regresa las 2:15 de la tarde. Comen juntos. Luego, la menor hace la tarea y él su trabajo, desde casa. Por la noche juegan un rato. Almohadazos, a veces con Brats. La situación ha sido difícil para Ana Verónica, por supuesto. Extraña a su hija y la quiere de regreso. Pero juntos han llegado a un acuerdo de que al menos se quede un rato con él. Y luego, si la niña quiere, valoren que regrese a vivir con su mamá. “Sé que Ximena aprenderá que el amor por su madre es tan grande que la perdonará de este trago amargo que le hizo pasar. Al final del día, la historia de Ximena será la de una persona feliz”, dice al terminar de desayunar. Al salir del restaurante me di cuenta de que no conocía al hombre del otro lado de la mesa en absoluto. Y no pude evitar preguntarme: ¿con cuántas personas me pasará así? . |