Séneca, Pascal, Nietzsche y muchos otros grandes filósofos lo supieron (y nos lo avisaron): cuando la gente no es feliz, comienza a moralizar.Lo peor no es esto, sino que de la moralización salta al moralismo y, del moralismo, a la moralina. Son tan delgadas las líneas que separan estas fronteras mentales que, en sus manifestaciones más comunes, equivalen no a la beatitud sino a la beatería, el puritanismo y la mojigatería: esos fervores hipócritas mediante los cuales nos sentimos virtuosos y superiores a los demás. Tratándose de la promoción y el fomento de la lectura, Gabriel Zaid ha denominado esos productos de la fe como “las hipótesis beatas sobre el libro”: no hay libro que sea malo; los que no leen son bárbaros; sin libros no puede haber pensamientos profundos; ojos que no leen, corazón que no siente, etcétera. Dios quiera que, un día, los voraces pero a la vez insípidos o amargos leedores comprendieran lo que Zaid comprende en Los demasiados libros: que “los libros son letra muerta, mientras no favorezcan la animación de la vida”. El célebre filósofo alemán Ludwig Feuerbach, discípulo de Hegel, advirtió que “la moral que no tiene por objeto la felicidad es una palabra vacía de sentido”. Y el gran escritor francés Marcel Proust enriquece el concepto de Feuerbach de un modo incomparablemente aforístico: “Tan pronto como uno es infeliz, se hace moral”. Por su parte, Jorge Luis Borges le dijo a su amiga María Esther Vázquez: “Nuestro único deber es el de ser felices, sólo que lo olvidamos porque ponemos, por encima de la felicidad, nuestro ego y nuestras vanidades”. Al recibir el Premio Juan Rulfo, el escritor español Juan Marsé declaró: “No venimos a este mundo, únicamente, a escribir y a leer libros. Venimos a tratar de ser felices”. Dicho de otro modo, qué bueno que en el mundo haya libros, pero qué limitación pensar que únicamente podemos ser felices gracias a los libros. Si leer libros fuera condición inexcusable para la felicidad, la mayor parte de la humanidad viviría y moriría infeliz, sin remedio. Leer libros tendría que servirnos, a los que los leemos, para ser más comprensivos en vez de más obtusos; pero avinagrados, malhumorados, de aspecto nada gentil y a veces despectivos cuando no agresivos, algunos lectores hacen de la moralina su estrategia de fomento a la lectura: quieren hacer sentir a los que no leen que su vida es estúpida cuando no inútil. Pero si tantos libros leen estos milicianos del moralismo libresco, ¿cómo es que ellos mismos no se han vuelto mejores de modo perceptible: menos malhumorados, menos fúnebres, menos cargantes y un poquito gentiles? Esto es un misterio. El acceso a la cultura y, en el caso que nos ocupa, no sólo el acceso sino el contacto continuo e incluso ávido y abundante con los libros, según presumen algunos, no se refleja en algo así como la mejoría humana que ellos mismos pregonan como argumento irrebatible para leer, sino que los muestra más malencarados en su autocomplacencia y sin ningún asomo de humildad. ¿Cómo creerles, entonces? El carácter gentil es una generosidad del espíritu que equivale a lo amable y a lo cortés; es una inclinación o propensión del ánimo a comprender al prójimo. Y cuántos hay que leen que ni son gentiles ni amables ni corteses, sino todo lo contrario, y esto no es culpa de los libros, sino de quienes leen los libros con la idea supersticiosa de que al leer se tornan superiores a todos los mortales; superiores a tal grado que la existencia de los no lectores los irrita y los agravia. Nunca el acceso a la cultura ha sido tan tristemente malentendido, pues si los beneficios de leer libros, poco o nada tienen que ver con la templanza, la tolerancia, la sensatez, la comunión con el prójimo y, en general, la felicidad propia sin impedir la ajena, entonces leer libros es una tontería y, más aún, una perversión cultural, cuando, sin beneficio humano posible, estamos leyendo todo el tiempo e incordiando a los demás para que nos imiten. |