El 5 de septiembre de 1936 un republicano español cae combatiendo en Cerro Muriano, cerca de Córdoba. Hoy, más de 70 años después, es el único sobreviviente, un solitario de su guerra que se hizo inmortal al morir y dispara contra todos los que desde entonces lo siguen matando. Robert Capa estaba en el lugar preciso: entre quien disparaba y quien recibía el disparo. La guerra civil llevaba unas cuantas semanas. El periodismo gráfico empezaba su época gloriosa gracias al invento de una cámara que podía tomar 36 fotografías sin cambiar negativo, usando los kilómetros de película de 35 milímetros que la crisis económica mundial (aquella otra) había arrinconado en las bodegas de Hollywood. Había tomado la foto descriptiva, la imagen total de la guerra española esculpida en el último aliento de un personaje sin nombre. Sin nombre durante seis décadas, hasta que un historiador lo identifica como Federico Borrell García, oriundo de un lugar llamado Alcoy, cercano al de su muerte. Veinte años después, la semana pasada, vuelve al anonimato en un documental estrenado en varias ciudades españolas, ganador de premios internacionales, filmado por Hugo Doménech y Raúl Riebenbauer a lo largo de más de dos años. Miguel Ángel Villena los entrevista para El País: “Creo que nuestro exhaustivo trabajo de investigación revela con declaraciones de editores gráficos, estudios de forenses y, sobre todo, con crónicas periodísticas de la época, que Federico Borrell García no es el soldado de la foto”. El miliciano volvió a perder su nombre. No lo necesita. Él y su fotógrafo pertenecen a la leyenda, más duradera que la historia. Hasta el 25 de enero estará abierta en el Museo Barbican de Londres una gran exposición de los trabajos de este mítico periodista de la lente. Hace unos 10 años vi la que le dedicaron en ese mismo estupendo museo de las orillas del Támesis, no tan extensa como ésta. Estaban, por supuesto, las escenas del desembarco en Normandía. El 6 de junio de 1944 los aliados iniciaron una gigantesca invasión anfibia. En uno de los primeros lanchones llenos de soldados iba Capa, que bajó con ellos. Agotó los dos primeros carretes y los llevó al crucero que regresaba a Inglaterra con heridos y muertos, para dar su material a quien lo entregó en Londres. Un descuido en el laboratorio arruinó la mayoría de las 72 fotos. Pudieron salvarse nueve, tomadas entre el agua, la arena, las murallas defensivas y los cadáveres. Obras maestras del periodismo de imágenes. Capa regresó al frente de guerra. Cuando, tiempo después, supo del accidente que arruinó la mayor parte de su trabajo, lo tomó con buen humor. Tampoco reclamó el pie de grabado de sus fotos publicadas: “…aunque están ligeramente fuera de foco…”. Así tituló sus memorias: Ligeramente fuera de foco. Le preguntaron un día qué se necesitaba para sacar buenas fotos en una guerra. “Estar cerca”, dijo. Una mina terrestre lo destrozó el 25 de mayo de 1954 en algún lugar de Asia, cuando no quería captar más guerras. Suplía a un colega en pago de un viejo favor. Había nacido el 22 de octubre de 1913. En la sinagoga de Budapest le pusieron el nombre de Endre Friedmann. Él escogería llamarse Robert Capa. En los lugares de trabajo, desde que empecé hace 65 años, siempre estuvo la foto del miliciano. La perdí en el terremoto. Saqué otra copia de algún libro y la veo ahora, cuando escribo este artículo. Un campesino español sin más protección que su blusa, armado con la escopeta de cazar conejos, va a enfrentarse a los tanques blindados en defensa de lo que considera justo. Una bala le vuela el cráneo. Gatillo y obturador, disparos simultáneos. La foto lo dice todo. Con verla sabemos, no necesitamos más. El soldado del Cerro Muriano y el fotógrafo húngaro hoy navegan juntos en el mismo lanchón de desembarco. Uno carece de todo, hasta de nombre. Otro todo lo tuvo, hasta el lujo de llamarse dos veces. La guerra unió para siempre al humilde labriego cordobés con el más grande fotógrafo de prensa del siglo XX, bebedor, mujeriego y jugador. El hombre que apostó con Ernest Hemingway quién de ellos liberaría de los nazis el bar del Ritz en París. Cuando Capa llegó vistiendo aún su uniforme de guerra hecho a la medida, ya estaba el escritor esperándolo con dos martinis sin aceituna. Las guerras ya no son como antes, de blusa y escopeta. Tampoco los periodistas gráficos, especie en peligro de desaparecer ahogada por la cibernética. Pero viven aún quienes defienden con su vida sus principios. Y quienes disfrutan el placer inigualable de haber hecho un buen trabajo. Al iniciar un nuevo año, el recuerdo sirve para brindar por esos dos. Dan razón a la vida. |