[Foto: Filemón Alonso-Miranda]
Nadie sabe cómo se llama, pero durante mucho tiempo portaba un parche de pirata. Los visitantes del centro histórico de Coyoacán creían que en verdad se trataba de una especie de bucanero desembarcado de las aguas peligrosas del océano para vender reliquias y cosas antiguas en la esquina de Aguayo y Cuauhtémoc, ahí, junto al Árbol de los chicles y la zona de cafés.
Su viejo automóvil, que ya con dificultad funciona, le sirve de galería. Allí tiene postales, libros, botellas vacías de vino, libros, cuadros y acuarelas. Recuerda con claridad cuando un cliente llegó a preguntarle en cuánto le vendía toda su mercancía, con todo y vehículo, sacó su cartera llena con puros billetes de 500, pero le dije que no, si no después ¿qué hacía yo? Es un tipo al que le gusta hacer realidad todo lo que imagina. Para él los obstáculos sólo existen en la mente invadida por los miedos de triunfo y felicidad. Todo está aquí —dice señalando con su dedo índice la cabeza— y acá —ahora se toca la zona donde se encuentra el corazón—. Sólo basta desear con todas nuestras fuerzas lo que queremos y ¡pam! Ya está. No se necesita del dinero para estar bien, sólo inteligencia y amor.
Lleva ya tantos años en esta esquina que se ha olvidado de cuántos son; sin embargo, eso no importa. El pasado es una gigantesca loza que te impide disfrutar el futuro-presente, aunque esto se contradice aparentemente con su dedicación a coleccionar todo tipo de objetos antiguos o inservibles para los demás.
Él ve en ellos utilidad cuando los otros lo sienten un estorbo. Sospecho que otra de las razones por las cuales soporta la intemperie es porque las cenicientas coyoacanenses llegan a su navío en busca de algo que les llame su atención. En ese momento, cuando las sirenas abordan su embarcación, se siente el corsario más intrépido de su mar de cemento.
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