Ella, Hillary Clinton, decía: “La única experiencia internacional que tiene Obama es haber ido a una escuela en Indonesia”. En efecto, la madre de Obama cuando, el padre de Barack, un joven negro de Kenya, desapareció de su vida, se casó con un indonesio y se fue con él y con su hijo a Yakarta y a sus escuelas. Él, Barack Obama, contestaba diciendo que ella, Hillary, la única experiencia internacional que tenía, era, sin más, “haber servido el té con pastas a las esposas de los hombres de Estado que pasaron por la Casa Blanca”. Los dos han tenido que envainar las espadas, pesadas, de la pugna electoral y asumir responsabilidades. En síntesis, Hillary Clinton, de 61 años de edad, será la secretaria de Estado en un gobierno que debe remontar la crisis económica mundial, dos guerras perdidas, el escándalo de sus banqueros, las atrocidades de Guantánamo y la finalización de un gobierno con la más baja audiencia popular en la historia presidencial de EU. La elección, “universal”, de Obama supone una inmensa responsabilidad. La ha asumido, con pragmatismo, es decir, el hombre del cambio ha optado por un gabinete probado en el sistema. No ha dudado en optar por su adversaria en la campaña electoral —que votó por la guerra contra Irak con Bush— y por mantener, en la Defensa, al hombre que asume el poder militar en dos frentes de guerra que se ha comprometido a terminar. El gobierno iraquí le ayuda asumiendo que está listo para tomar las riendas. En suma, cuestión que no me ha desconcertado, Barack Obama ha elegido para tiempos extremadamente complicados no a una banda de amigos, sino a aquellos que conocen las reglas y han demostrado su eficiencia. Él se reserva la receta histórica del cambio. Es una lección para los aficionados a la lucha libre y el todo vale, es decir, para aquellos que piensan que todo se puede resolver por decreto. Recuerdo el diálogo histórico entre Lenin y Stalin: “Todo lo resuelven los cuadros del partido”, afirmaba Stalin. Lenin le respondía: “No, todo lo resuelve el poder”. Ni los cuadros ni el poder pudieron hacer frente al derrumbe de los muros. Se requiere algo más que compinches o “amigos desde niños”. Eso decía, López Portillo, de su relación con Echeverría. Abraham Lincoln, des- pués de la dura campaña electoral contra Douglas —Lincoln un millón 886 mil 452 votos y Douglas, que defendía la continuidad de la esclavitud “si la decidían los estados”, un millón 376 mil 957— llevó al gobierno a gran parte de sus adversarios para que compartieran, con él, la mutación de la historia. Seguramente que Obama, senador por Illinois, no puede olvidar que la vida política de Lincoln, desde 1830 (había nacido en 1809) se desarrolló en ese mismo estado. Allí, el 15 de agosto de 1846, cuando era acusado, como Obama, por sus creencias religiosas, declaró, en la Illinois Gazette: “No soy miembro de ninguna iglesia cristiana, pero nunca (I have never) he hablado con falta de respeto de la religión en general o de cualquier denominación cristiana”. Ese político de Illinois firmó, el 1 de enero de 1863, la ley que terminaba con la esclavitud. La tarea que tiene ante sí, Barack Obama, no es menor y Hillary tendrá que administrar, internacionalmente, la deslumbrante esperanza que ha despertado Obama. La familia de Hillary, al revés de Obama, es representativa de la clase media conservadora. Sus padres herederos de la Gran Depresión de 1929 ahorraban cada centavo pensando en los terribles años de la nada. Joven abogada la comisión parlamentaria que tramitaba la condena de Nixon (por el que votó su padre) la contrató para que organizara los procedimientos de la destitución. Nixon, ante el juicio, dimitió antes. En suma, la ex primera dama sabe que Clinton, siempre protagónico y millonario por sus conferencias, es un tema delicado. Someterle a la discreción será un gran tema. Las piezas del juego están en el tablero. |