No quiero que la actualidad me impida hablar de lo relevante. Lo ha hecho evidente Luiz Inacio Lula da Silva en el curso de los debates sobre la explotación sexual de los niños en el tercer congreso mundial, celebrado en Río, sobre ese gran tema con 3 mil representantes de los gobiernos y organismos de 137 países. El sindicalista que al frente de los metalúrgicos paulinos se enfrentara, en 1979, al sistema militar y policiaco de la dictadura brasileña, transporta consigo una memoria honda y profunda de la magnitud de las crisis sociales. Nació Lula da Silvia en 1945 en el seno de una pobre familia de labradores de Vargem Grande. Su padre, Aristides Inacio da Silva, y su madre, Euridice Ferreira Mello, tuvieron 12 hijos. Antes de que naciera el último de sus 12 hijos —el último fue Lula—, el padre abandonó a la familia a su suerte y se marchó a los arrabales de Sao Paulo, para buscar en la gran ciudad su destino. De paso se llevó a una prima de su mujer, Valdomira, de 16 años, con la que tuvo otros nueve hijos. Su esposa un día se marchó también a Sao Paulo, y allí, valerosa, sacó adelante a su prole trabajando noche y día. En ese mundo terrible se desarrolló Luiz Inacio. Metalúrgico, casado pronto, vio morir a su primer hijo y a su mujer por falta de atención médica adecuada. Esa historia (universal) no impidió al sindicalista (casado con una luchadora social en segundas nupcias) edificar un compromiso con la sociedad que se expresó en la abierta oposición a la dictadura militar, y finalmente expresarse en un partido político que, excepción asombrosa en términos de clases, lo ha conducido a la Presidencia de la República. Lula no eligió la demagogia. Heredaba un poder civil por el cual habían pasado universitarios importantes y docentes que no pudieron transformar la sociedad. Él ha elegido cambiarla sin encerrar a los brasileños en la guerra civil. Al revés, ha sido capaz de articular un proyecto de transformación que ha empujado a las mayorías hacia otro nivel de la historia, aun cuando, cierto, el cambio no ha transformado enteramente a los proletarios del campesinado. Su obra ha conducido a Brasil al nivel de interlocución mundial con una voz que, sin excesos, se ha escuchado a escala del mundo con respeto. Ahora, en el tercer Congreso Mundial de la Lucha contra la Explotación Sexual de los Niños, su voz ha traspasado las conciencias recordando las miserias del existir. Su palabra, emocionante, señaló (como si fuera Josué de Castro, el gran luchador contra la fome, el hambre) “a todos los padres del mundo que la educación sexual es tan importante como un plato de carne para los hambrientos y que es preciso terminar con la hipocresía de las religiones sobre el tema de la sexualidad”. Los representantes de los 137 países en ese congreso de Río, han condenado la explotación sexual de los niños y el turismo sexual en países agobiados por la miseria. Los infiernos sexuales, como Bangkok, han sido desenmascarados. Se han proporcionado datos muy graves sobre el tema. Las leyes en los países desarrollados comienzan a plantear serias medidas contra el turismo sexual. Brasil lo ha vivido en sus tiempos de pobreza y todavía existe el problema. El abuso sexual, a su vez, en el interior de las familias ha movilizado a los congresistas a exigir un marco legal que paralice en su raíz la explotación sexual de los niños y niñas. Ya en EU los tribunales han encarcelado a 65 personas. De una suerte u otra es indispensable elevar el problema a su raíz: la pobreza, y todavía el difícil acceso hacia la educación, y en su cuadro universal el esclarecimiento concreto, objetivo, de los mecanismos y procesos de la sexualidad identificando sus problemas con el inmenso valor de la vida desde la perspectiva gandhiana de la satyagraha palabra en sánscrito que al español se traduce como “la fuerza de la verdad”. |