Nació, Vicente Rocafuerte, en el seno de una gran familia criolla —que hizo una gran fortuna en América—, en 1783. El mismo año en que nació Bolívar. Vástago de una de las familias más ricas de Venezuela y América, Rocafuerte estudió en España, en el Colegio de los Nobles. Por él pasó Bolívar. Historia, la independencia, de una incitante lucha de clases. Sin esclarecerla se viven fabulaciones que enmascaran lo real. Lorenzo Zavala —diputado mexicano ante las cortes españolas de 1820— no dudaría en entenderlo y asumirlo. Fue, dijo, “una lucha por el botín”. Sus propias palabras: “Trescientos mil criollos querían entrar a ocupar el lugar que tuvieron, por 300 años, 70 mil españoles”. Las masas indias y las castas al margen. Rico, hijo de ilustrados —uno de sus antecesores fue médico de Felipe V, primer rey de la dinastía Borbón en España—, después de Madrid estudió en Francia, en el Colegio Saint-German. Allí coincidió con Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón. En 1803 conoció, en París, a Simón Bolívar y un grupo de americanos que se encontrarían, allí, con Humboldt: primera mirada científica sobre América Latina, incluido México. Testimonio: su Ensayo político sobre el reino de Nueva España. Esa generación es indisociable de Humboldt. A él le preguntará Bolívar “si América estaba lista ya para la Independencia”. El sabio alemán, figura intelectual, contestaría: “Sí, pero todavía no conozco a sus libertadores”. Los tenía ante sí. En 1807, a sus 24 años, regresó Rocafuerte a Guayaquil. Pronto estaría en la política y en 1812 como diputado ecuatoriano en las cortes de Cádiz, donde se asumió una ruptura histórica “que la soberanía radicaba en la nación y no en el rey”. Vivirá, en 1814, el regreso al poder de Fernando VII, la abolición de la Constitución, el retorno al absolutismo y la Inquisición. ¿Qué hacer? El exilio. Con dos mexicanos, el marqués del Apartado y Fagoaga, viaja por Europa y medita en Londres, donde Miranda era el “embajador” de la rebelión. Pero la revolución regresó a España, en 1820, cuando el pueblo y el coronel Riego se niegan a permitir el envío de tropas españolas hacia América contra los insurgentes. La revolución triunfa y Fernando VII tiene que aceptar —¡Trágala, trágala!— la Constitución del 12. Para los americanos de la insurgencia el encuentro con España, en 1820, fue el último intento de una acción liberadora. Rocafuerte contactó a diputados mexicanos en España. Se encargó a una comisión —los mexicanos Lorenzo Zavala, Lucas Alamán, Francisco Fagoaga, Bernardino Amati y el venezolano Fermín Paul— que centrara un acuerdo con los liberales españoles. Imposible. Se dividieron los españoles entre moderados y radicales. No tuvieron los americanos otra variable que su propia acción revolucionaria. Por si fuera poco, la Santa Alianza encargó a Francia la misión de restablecer, con un ejército de 100 mil soldados, la monarquía absoluta en España. Rocafuerte se transformó en el “americano verdadero”. Con los mexicanos apostó por la independencia total. Defensor de Iturbide en principio, y opositor a Iturbide como monarca, sería la voz y la pluma de los mexicanos en Estados Unidos y, después, diplomático de México ante Inglaterra donde, en un periodo, fue encargado de negocios, firmando un empréstito —polémico— en favor de la Gran Colombia, que comprometía a México. Conflictos. Nacimiento de la conciencia. Vicente Rocafuerte sería presidente de Ecuador entre 1835 y 1839. Luchador anticlerical, quiso imponer el liberalismo radical y fue forzado, de nuevo, al exilio y la peregrinación en busca del estado de derecho. Murió sin vivirlo en 1847. Sus escritos llenan la memoria de esa inmensa etapa crítica y liberadora. |