El fin de la tregua informal entre Hamas e Israel ha generado una situación por demás tensa en la zona fronteriza de ese país con la franja de Gaza, que podría desembocar en una nueva invasión.Lamentablemente, ni el título ni el primer párrafo de esta columna son precisamente novedosos. Cualquiera de los dos podría haber sido escrito hace tiempo sin perder su exactitud, y hoy vemos —como en repetición instantánea— cómo la de por sí siempre difícil situación en Medio Oriente se deteriora una vez más, en la continuación interminable de un círculo vicioso de violencia y represalias. Al mismo tiempo que la amenaza de una nueva conflagración crece en Gaza, del otro lado de Israel, Cisjordania (también conocida como la Ribera Occidental) vive otra realidad menos violenta pero no por ello menos tensa. La construcción del muro fronterizo que busca separar a judíos de palestinos ha creado una nueva e incómoda realidad para millones de habitantes de Cisjordania, que se ven impedidos en sus movimientos y que observan ansiosos cómo se va dando lo que ellos ven como una anexión de facto de los territorios ocupados por Israel desde la Guerra de los Seis Días de 1967. En estos poco menos de seis mil kilómetros cuadrados conviven sitios de relevancia para otras religiones, como Belén, junto con importantes poblaciones palestinas como Naplusa, Ramalá y Hebrón. La disputa es histórica, y mientras que muchos palestinos consideran a Cisjordania parte fundamental de su territorio y de su futura nación, muchos judíos se refieren aún a esa zona con los antiguos nombres bíblicos de Judea y Samaria. Lo único que no está en duda es que es aquí donde —de nacer un Estado palestino— está el poco o mucho futuro económico de los hoy todavía desplazados. La franja de Gaza es mucho más pequeña, pobre y árida en todos sentidos. Controlada política y militarmente por la facción palestina más radical desde que ésta ganó las elecciones en 2006, Gaza se ha convertido en símbolo de la lucha armada contra Israel y del poderío e intransigencia de Hamas, que ha sentado aquí sus reales y que amenaza con torpedear cualquier proceso de negociación que no le dé el lugar que cree merecer, o promueva los objetivos no siempre realistas que se ha trazado. Para bien y sobre todo para mal, Hamas se ha convertido en un símbolo de todo lo que está mal con el atorado y cada vez más inviable proceso de paz en Medio Oriente, mismo que limitadamente se enfoca ahora al conflicto entre Israel y los palestinos. Esta organización política y armada lo mismo compite exitosamente en elecciones que marginan a sus adversarios por la fuerza; igual administra —nada mal por cierto— asuntos urbanos y servicios públicos que lanza ataques con primitivos pero mortales cohetes contra la población civil en Israel. Cuando se lo propone es tan terrorista y violenta como el más pintado en la zona, pero si de gobernar se trata tiene un estilo peculiar que no disgusta nada a la población en el territorio que controla, por una muy sencilla razón: no tolera los actos de corrupción que tradicionalmente han caracterizado al liderazgo palestino, llámese Al-Fatah u OLP. La comprensible pero probablemente equivocada reacción del gobierno israelí a cada escalada de los ataques de Hamas es optar por la ruta de la venganza, ya con ataques de los mal llamados quirúrgicos o con bombardeos o de plano con incursiones militares en forma. La otra ruta, igualmente ineficaz, es la del bloqueo económico y comercial, que se da muy fácilmente cuando la única conexión terrestre de Gaza es con Israel mismo. No hago aquí un juicio moral acerca de lo apropiado o no de este tipo de medidas, sólo apunto a su probada inutilidad y al creciente sentimiento de frustración que provoca entre muchos simpatizantes de Israel y de la causa judía. Hoy, justo cuando Belén se adorna con sus mejores galas, el resto de la región observa con justificado temor el reinicio del ya harto conocido ciclo de la violencia que no termina. |