En el amanecer de 2006, desde algún lugar de la selva Lacandona, llegó un comunicado indeseable para los militantes de la izquierda mexicana. El Subcomandante Marcos se deslindaba del puntero en la carrera presidencial, Andrés Manuel López Obrador. Fue un terremoto. Los fans de Andrés Manuel, que lo eran también de Marcos, tenían que definirse entre sus dos ídolos o, en el mejor de los casos, amar a uno de ellos a escondidas. Vino la división entre pejistas y zapatistas. Se supo que la redacción de un periódico se dividió en torno a si debía seguirse dando primera plana al dirigente guerrillero que parecía aliarse con la derecha, sumarse al “compló”. Los asiduos a los mítines en el Zócalo se replantearon sus visitas a Chiapas. Sismos idénticos se vivieron en muchas agrupaciones de izquierda. Al final, la pelea de popularidad la ganó López Obrador. Marcos, aunque tenía razón en su comunicado contra el tabasqueño, se quedó casi solo: los fans de izquierda ya veían a Andrés Manuel despachando en Los Pinos (tenía en ese momento 10 puntos de ventaja en las encuestas). Poder mató ideología. Casi tres años después, la disputa por el PRD no sólo enfrenta a chuchos y a pejes. La estela del pleito llega mucho más lejos. Hay organismos e instituciones que corren el riesgo de volverse caldo de cultivo de esta pelea, sobre todo de cara a las elecciones de 2009. La UNAM como primera en esta lista. Sus aulas albergan a investigadores, científicos y académicos, mayoritariamente liberales. Muchos de ellos con claros vínculos con el PRD. La riña en el partido puede contaminar las relaciones universitarias. A ver cómo lidia con este tsunami el rector Narro. Otro caldo serán los medios de comunicación, sobre todo los que tienen marcada agenda izquierdista, que verán intentos de influencia en sus criterios editoriales por seguidores de uno y otro bandos. Habrá presión contra organizaciones no gubernamentales, grupos sociales y civiles, la APPO y sus imitadores en el país, la CNTE y hasta movimientos armados que encuentran en el PRD un aliado permanente para hablar de diálogo y no de represión. Presión porque tendrán que definirse. López Obrador y Jesús Ortega no admiten adhesiones a medias. Uno es la figura, el otro es el control. Uno amaga con la descalificación moral, el otro con la expulsión partidista. SACIAMORBOS Lo cuidaba una veintena de elementos de la AFI, pero hacía que se los cambiaran cada 15 días para que ninguno alcanzara a descifrar sus hábitos. Ni él, que trabajaba con ellos cuando ordenaba los operativos, les tenía confianza. Que descanse en paz. P.D. Las historias de este reportero toman un descanso. Nos leemos el 13 de enero. |