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México D.F., a 22 de diciembre de 2008 | 9:05 AM

Gabriel Guerra Castellanos
El mundo según Guerra
22 de diciembre de 2008
Escándalos americanos


Ya no los hacen como antes. Los efectos de la crisis que asola a Estados Unidos son tales, que ya ni siquiera sus escándalos son tan atractivos como antes. Como dice Alessandra Stanley en un ingenioso artículo en The New York Times, “extraño el sexo...”.

Y es que en los buenos tiempos siempre podía uno confiar en algún personaje público estadounidense para un buen chisme, un buen amorío o un acto supuestamente privado difundido por todo el mundo. Un poco como los británicos de antaño, que sabían lo suyo cuando de “indiscreciones” se trataba, de unos años para acá nuestros vecinos se habían encargado del entretenimiento del resto del mundo.

No me refiero a los amores del presidente Kennedy con Marylin Monroe o con numerosas otras igualmente atractivas mujeres, ni a los andares de Gary Hart a bordo del apropiadamente llamado yate Monkey Business, que le costaron sus aspiraciones presidenciales, pues fueron episodios para todo público, suficientemente jugosos para ser noticia, pero no tanto que no pudieran ser comentados en el comedor familiar.

Esos eran “pecadillos” que poco tenían que hacer frente a otros que la cultura protestante sajona consideraba mayores, como los de Richard Nixon y su espionaje político que derivó en Watergate o el ocultamiento de información por parte del Pentágono para prolongar la participación estadounidense en Vietnam. Contaban en esos tiempos el chiste (que sólo repito porque en temporada de vacaciones me tomo ciertas libertades) de que el presidente francés conminaba a uno de sus asesores a que le explicara por qué tanto revuelo en torno a Watergate, a lo que su colaborador le respondía que habían pescado al presidente de Estados Unidos ordenando poner micrófonos para espiar al partido opositor, a lo que Pompidou encogía los hombros diciendo que eso todos lo hacen. El asesor le replicó que además Nixon había mentido públicamente al respecto, a lo que Pompidou reaccionó con el mismo ademán. Mientras más detalles le daban más aumentaba su impaciencia, pues no podía comprender por qué eso habría de ser motivo para la destitución o la renuncia de un presidente. Ya desesperado, y temiendo por su propia cabeza, el asesor sólo alcanzó a añadir: “Es que toma Coca-Cola con los quesos franceses”, a lo que Pompidou finalmente reaccionó: “¡Ah, entonces que lo corran!”

Ese viejo, largo y no muy buen chiste ilustra la confusión que en el resto del mundo siempre ha causado la moralina estadounidense, y lo chiquito de sus asuntos, aunque es justo reconocer que de unos años para acá se han esforzado por mejorar: Bill Clinton con una becaria y unos habanos en la Oficina Oval; el asesor presidencial Dick Morris que, además de usar regular y frecuentemente los servicios de una prostituta —siempre la misma— le permitía escuchar sus conversaciones con su jefe para impresionarla; o el gobernador neoyorquino Elliot Spitzer, cuya “amiga” tenía tarifas más adecuadas a un próspero empresario que a un honorable servidor público. No hay barreras partidistas ni de preferencias sexuales en estos temas, y prominentes republicanos han salido literalmente del clóset (no siempre por su propia voluntad) como en el caso del congresista Mark Foley que enviaba provocativos mensajes de texto a jovencitos ujieres o el senador Larry Craig, quien tuvo la mala suerte de tratar de “conectar” en un baño público con un policía.

Esos días ya pasaron. Hoy, en medio del colapso de la economía, los estadounidenses se buscan asuntos más adecuados a los tiempos de austeridad: el gobernador que quiso vender un escaño en el Senado, el banquero de inversión que defraudó a sus clientes, las instituciones financieras que se quedaron con parte del dinero del paquete de rescate para dar bonos a sus ejecutivos.

Otros tiempos, otras preocupaciones, otros escándalos...

  Acerca del autor

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una amplia experiencia en asuntos internacionales, habiendo vivido y estudiado en Israel y la antigua República Democrática Alemana, donde sus padres fueron representantes de México. Habla español, inglés y alemán, y tiene conocimientos básicos de francés y ruso.

En el sector público fue agregado cultural en la embajada de México en la antigua Unión Soviética; agregado de prensa en la embajada de México en Alemania Federal y cónsul general de México en Toronto. Fue también director de información internacional de la Presidencia de la República.

Ha publicado regularmente artículos de opinión en diarios nacionales hasta su incorporación en mayo de 2008 a EL UNIVERSAL, donde escribe la columna “El mundo según Guerra”.

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