Hace sesenta años, bajo el impacto de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional decidió que algo tenía que hacerse.No era posible contemplar los crímenes de la Alemania nazi y sus aliados fascistas en Europa, los del estalinismo soviético, los que acontecieron en el más remoto pero no menos brutal frente asiático sin estremecerse, sin sentir una obligación moral de hacer algo, lo que fuera, por devolverle al mundo un poco de la humanidad perdida en la primera mitad de ese siglo, que ya desde la Primera Guerra Mundial había mostrado lo que es la barbarie. La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la ONU en 1948 es ambiciosa, como le corresponde a un foro y a un planteamiento de esos alcances. En beneficio del tiempo y de la brevedad, he aquí un apretado resumen del prologo: “... el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias; que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho; que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres; se han comprometido a asegurar el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre...” Si la introducción ilumina con sus afirmaciones, los artículos de la Declaración son un listado de lo que toda persona civilizada debería creer y sostener en sus ideales y en la práctica, en la vida personal y en la esfera pública, en sus actos políticos, sociales, empresariales, en lo cotidiano y en lo extraordinario. Sesenta años después, la Declaración sigue siendo una aspiración cuasi universal, lejana a la realidad de millones de seres humanos que viven todavía hoy en el más absoluto desamparo en lo que a sus derechos individuales y comunitarios respecta, apartados de toda protección, sujetos de abusos lo mismo de gobiernos que de particulares, de enemigos que de supuestos aliados, víctimas ya no de la barbarie organizada de tiempos pasados sino del caos reinante en buena parte del globo. No hace falta un repaso por cada uno de los 30 artículos de la Declaración para darnos cuenta de su inoperancia, de su falta de vigencia. Ni la libertad e igualdad son regla común ni las discriminaciones han sido hechas a un lado. La esclavitud y la servidumbre imperan no solo en países africanos sino enfrente de nuestras narices; las torturas y malos tratos son herramienta de muchos que se dicen civilizados y el recurso a los tribunales es negado incluso por naciones que presumen de no tener parangón en el apego al derecho y la legalidad. ¿Inocente mientras no se demuestre lo contrario? ¿Libre tránsito? ¿Derecho irrestricto de asilo? ¿Libertad de matrimonio? ¿Derecho a la familia, a la propiedad individual? ¿Libertad de pensamiento y creencias, de opinión y expresión? ¿Igual salario por trabajo igual, protección social, asociación sindical? ¿Derecho a la educación, a la cultura? No se ría, caro lector, cara lectora. Las preguntas en el párrafo previo se refieren a derechos supuestamente universales, suscritos por las naciones firmantes de la Declaración y aplicados en parte por muy pocas de ellas y por casi ninguna en su totalidad. Un aniversario que podría ser deprimente pero que debe ser indignante, un llamado a la conciencia y a la acción de cada quien en el ámbito que le corresponda, que para eso somos ciudadanos. |