Cada fin de año, o fin de legislatura, la historia se repite puntual. Las y los diputados nos sorprenden con sus abusos y su cinismo, claro, cuando de “mamar” del presupuesto se trata.Hoy no fue la excepción. Reporta EL UNIVERSAL el abusivo escamoteo de los impuestos de la dieta de las y los diputados, en tanto que Reforma revela el aguinaldo de 252 mil pesos por cabeza que se autorregalaron los dizque representantes populares. Pero debemos insistir en que ya no debía sorprender a nadie la reincidencia en esos abusos y el cinismo con el que responden los señores y las señoras legisladores. Porque cuando de llevarse una tajada del presupuesto público se trata, se les olvida la doctrina —sea del PRI, del PAN o delPRD—, los principios, la ética política; no se acuerdan de los tiempos en que desde la barricada de oposición lanzaban feroces consignas contra los “panzones y güevones” diputados… ¿Cuántos legisladores conocemos que, en un acto de congruencia, hayan dicho que no reciben las insultantes prebendas que les da ser representantes populares? Ni uno solo, por radical y furioso de izquierda o de derecha que sea. Y es que cuando de “mamar” del presupuesto se trata nadie dice no. Más aún, existen casos de quienes sangran económicamente a esas instituciones para financiar las causas políticas personalísimas. Eso sí, pregonan en las plazas una honestidad y valentía que nunca llevan a cabo. La memoria sobre los abusos de las y los diputados federales da para mucho. Desde escándalos como el de los Rolex, pasando por la entrega de automóviles y computadoras; hasta el lujoso spa que se mandaron instalar los panistas, sin olvidar a los viajeros frecuentes, los millonarios bonos de marcha, la atención médica en costosos hospitales del extranjero y aquellos que en el extremo del cinismo le entregan a toda la parentela réplicas de la tarjeta IAVE para no pagar peaje en las carreteras del país. Hoy el escándalo no es menor. Quedó exhibido a los ojos de todos que las diputadas y los diputados le escamotean los impuestos a su aguinaldo. Es decir, viven del dinero de todos y, en el cinismo y la desvergüenza infinita que les asiste, son incapaces de pagar sus propios impuestos. “Que se haga la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre”. Por esos abusos, y por esa desvergüenza y cinismo, las señoras y los señores diputados están colocados a la cola de la popularidad de todos los servidores públicos. Bueno, en recientes encuestas aparecen incluso por debajo de los policías, que ya es decir mucho. Existen otros que opinan que es tan bajo el nivel de credibilidad y confianza de los diputados, que si se voltea la escala de descrédito, es posible que aparezcan entre los primeros lugares de las diferentes clasificaciones de ladronzuelos. Y no se trata de una broma. Pero el de los excesos y el cinismo de los diputados no es una tara genética propia de la política mexicana. En realidad la podemos ubicar como un vulgar abuso del poder. ¿Por qué? Porque existen muchas formas de acabar con esos abusos y su resultante de cinismo. Los abusos y la impunidad que dejan ver las y los diputados tienen su origen en el carácter patrimonial de los puestos de elección popular, del que gozan los partidos políticos. Todos sabemos que para ser diputado —local o federal—, senador, alcalde, gobernador, jefe de gobierno o presidente, se debe contar con el respaldo de un partido político a través de la figura conocida como candidatura. Los partidos políticos, sus dirigentes y dueños, son al mismo tiempo dueños de las candidaturas a todos los puestos de elección popular. Con ello, con esa propiedad privada, los jefes de partido esgrimen un control vertical y absoluto. ¿Por qué? Porque una candidatura a puesto de elección popular —el que sea—, en realidad es una poderosa zanahoria para conseguir sumisión, lealtad, sometimiento... ¿Cómo se puede romper con esa perversión política? La mejor forma es a través de la reelección. ¿Por qué? Porque un puesto de elección popular que cuenta con la posibilidad de acceder a la reelección, le arrebata al partido y a su dirigencia el control de esa candidatura y su fin y/o continuidad queda en manos de los ciudadanos. Los electores son los que determinan si un diputado se va, si llega, si sigue en el cargo. ¿Cuántos de los actuales legisladores serían votados para un nuevo periodo? Ninguno o muy pocos. Con la reelección, no cometerían los abusos que cometen. Por eso debemos empujar por la reelección. EN EL CAMINO ¿Y qué tal Ricardo Monreal ? Campeón del trapecio. |