Barack Obama es un hombre seguro de sí mismo. ¿Y —se preguntaran mis amables lectores— por qué no habría de serlo? Acaba de ganar la presidencia del que es —todavía— el país más poderoso del mundo, es inteligente, tiene una familia que parece perfecta, hay quienes lo consideran guapo y es uno de los políticos más articulados de su generación.Por si eso fuera poco, tiene el aprecio y la buena disposición de gran parte del mundo, tiene una personalidad que lo hace ver tranquilo y sereno frente a situaciones difíciles, y contará con una cómoda mayoría legislativa. Ah, y no sé si ya mencioné que va a ser el presidente del país más poderoso del mundo... Además, ha logrado convencer a un muy destacado grupo de individuos para que acepten formar parte de su administración, borrando de golpe la inquietud que ciertamente existía entre algunos acerca de su experiencia y capacidad para gobernar. Y es que con el poder de convocatoria demostrado hasta el momento, Obama le añade volumen y seriedad al que será el primer gobierno estadounidense encabezado por un afroestadounidense. El nombramiento que más ha llamado la atención —no por ello el más importante— es el de Hillary Rodham Clinton. La aún senadora por Nueva York trae a la mesa la experiencia y los contactos sumados de la que auténticamente fue una “pareja presidencial” en la que ambos aportaban neuronas, sensibilidad y sentido común a la presidencia, a diferencia de otros dúos igualmente dinámicos pero menos admirables. Su caso es particularmente interesante por la intensa rivalidad entre ambos durante las primarias de su partido, pero también por las posibles motivaciones de la ex-primera dama. No es Hillary la única rival a la que Obama invitó. El primer y más obvio caso fue el de Joseph Biden, quien también compitió —con muchas menos posibilidades— por la candidatura presidencial demócrata, de la misma manera que lo hizo Bill Richardson, quien será el próximo secretario de Comercio. Esto habla de la capacidad de olvidar y perdonar que tienen tanto Obama como sus otrora competidores, con y entre quienes se dijeron muchas y no muy bonitas cosas durante la precampaña electoral. Los demás personajes que el presidente electo ha escogido hasta el momento no le piden mucho a los ex-candidatos en lo que a credenciales y aptitudes se refiere, comenzando por el actual y futuro secretario de Defensa, Robert Gates, quien nunca ocultó sus desacuerdos con George W. Bush en torno a la guerra en Irak y cuyo paso por el Pentágono ha sido reconocido lo mismo por los demócratas que por sus compañeros republicanos. La encargada del despacho de Seguridad Doméstica, o Homeland Security, será la gobernadora de Arizona, Janet Napolitano; la embajadora ante Naciones Unidas, Susan Rice, y el Secretario de Salud, Tom Daschle, quien fuera líder de la mayoría demócrata en el Senado hasta 2003. El del Tesoro nadie menos que uno de los arquitectos del rescate bancario y jefe del banco de la reserva federal de Nueva York, Timothy Geithner. Algo que tienen todos en común es su reputación: eficientes, competentes, conocedores de sus temas, ni ideólogos ni partidistas. Se les considera como los más capaces, menos condescendientes y más autónomos, personajes todos con vida propia que no estarán pensando en complacer a su jefe sino en hacer bien las cosas y posiblemente brillar en el camino. Nada podría ser más distinto al gabinete del saliente George W. Bush ni a otros en el mundo, cuyos jefes prefieren la discreción al talento y la obediencia a la capacidad. Obama no le teme a las aptitudes ni a las opiniones independientes de sus colaboradores y ahí podría radicar su gran diferencia con su antecesor. Lo que sí me mata de la envidia es ver como los estadounidenses son capaces de poner a un lado sus diferencias y sus egos cuando de servir a su país se trata. Igualito que en México... |