Sólo cinco tragos de agua tomó Felipe Calderón ayer en la lectura de su texto —una suerte de informe de gobierno revivido, pero sin latosos opositores— en el desayuno/festejo de un segundo año de gobierno terminado pese a todo, en el patio central de Palacio Nacional. Que estaba “toda la República”, decía una amiga. Mmm, casi. Porque quienes brillaron por su ausencia fueron los perredistas. Tan sólo algunos —contenidos por mucha seguridad ¡hasta por soldados con Hummer viejas estacionadas en pleno Zócalo!— que gritaban afuera: “Espurio, espurio”. Eso sí, había de todo: líderes sindicales (Elba Esther Gordillo en mesa de primera fila, por así decirlo), empresarios (lo mismo Lorenzo Servitje que Roberto González Barrera), políticos, funcionarios, periodistas… Pero volvamos a los tragos de agua. Que, me parece, vinieron en momentos significativos: cuando comenzó a hablar de economía y tocó el tema de los empleos; terminando de reafirmar su compromiso por terminar con el rezago de los más pobres. Un tercero cuando habló de la exclusión social en la que viven. El cuarto fue cuando hizo énfasis en el reto generacional —por cierto, ya acuñó el término: que somos “la generación del bicentenario”— por cerrar la brecha entre ricos y pobres, hombres y naturaleza, pero con pluralidad (aquí el trago). El quinto, al afirmar que ha habido “profundas transformaciones” (eso dijo) que “cambiarán el rostro de México”… y que se juntó con el primero y el único aplauso al discurso en sí (en eso sí han cambiado estos neoinformes presidenciales). En la mesa 31 estaban los hijos del Presidente: María, Luis Felipe y Juan Pablo. Como todos en el área de sombra, pasaron frío. Más los niños con guayaberas blancas. Pero alguien les hizo llegar unos cobertores como de paño negro. Los niños, caballerosos, dejaron que María se tapara con uno y se turnaron el otro. Fue un momento emotivo cuando, al final del discurso el Presidente agradeció a su esposa e hijos, el segundo aplauso del día. Ellos sonrieron. Juan Pablo saltó de su silla con los brazos extendidos y los tres hermanos se abrazaron. El tercero fue ante la mención y el agradecimiento por estar ahí de Mari Geli Escalante, de negro riguroso, la viuda de Juan Camilo Mouriño, sentada significativamente en la mesa principal. También Mario Molina y su esposa, por cierto. Fernando Gómez Mont reiteraba, antes de comenzar el evento que aspiraba a cumplir la máxima de Reyes Heroles: que el secretario de Gobernación se sienta… que no se vea. Suena bien, hace falta. Sólo que por lo menos ayer sí se veía mucho… por su vestuario. El único que no llevaba traje, aunque sí saco. ¿Será que también el secretario es daltónico, una cualidad que alguna vez presumía Onésimo Cepeda para la política? Es que su conjunto era azul marino, sus zapatos cafés y sus calcetines… verdosos. Tan sólo cuatro mujeres y dos hombres mexicanos están en la lista de los 100 personajes iberoamericanos del año que publicó ayer El País Semanal: Carlos Slim, Lydia Cacho, Jorge Ramos, Julieta Venegas, Nubia Macías (la directora de la FIL de Guadalajara) e… ¡Isabel Miranda de Wallace! (por cierto, sabe que a esta última no la invitaron, siquiera, al evento de la evaluación/no-evaluación por los 100 días). Hablando de la FIL y la cultura. ¿Dónde anda Sergio Vela? No se le vio en la inauguración de la feria del libro más importante de México el sábado… Ayer, tampoco en Palacio Nacional. Mal le fue a Josefina Vázquez Mota en ella, por cierto. Un grito solitario en la inauguración le gritó “burra”, por aquello de su equivocación al nombrar el libro más famoso de Carlos Fuentes. Por cierto, una propuesta hacía ayer un amigo para terminar con el absurdo hecho de que el premio Juan Rulfo de la FIL ya no se puede llamar así, por decisión de la familia del escritor, quien “registró” el nombre. Que le pongan Octavio Fuentes. O Carlos Paz. Que estamos en tiempo de sincretismo. Gracias al Vaticano sabemos ahora que Fox era narcisista e histriónico. ¿A poco es algo nuevo? . |