No es, tristemente, una novedad. La violencia y el terrorismo en India son parte del tejido de esa nación, forman parte de su historia desde el primer día y han forjado el carácter de uno de los países más enigmáticos y atractivos del mundo.Los superlativos son frecuentes al hablar de India, la democracia más grande del mundo, una de las economías emergentes más dinámicas, un crisol de culturas y religiones, de leyendas y cuentos, de avance tecnológico y retraso social. Una nación en la que conviven egresados al por mayor de universidades estadounidenses con un sistema de castas que subsiste en la práctica cotidiana, donde muchos matrimonios siguen siendo contratos mercantiles y donde las mujeres ocupan simultáneamente los más altos y los más ínfimos lugares de la sociedad. A diferencia de China, su gran rival no sólo en la región sino también en las ligas mayores de las economías en desarrollo acelerado, India le ha apostado a sus propias empresas, pequeñas, medianas y grandes, para ser la base de su crecimiento. Con uno de los niveles de capacitación informática más altos de la región y del mundo, los indios se han vuelto ejemplo de cómo un país puede salir del atraso tecnológico y convertirse en sede regional no sólo del outsourcing en desarrollo de software y de atención a clientes, sino también de sus propios desarrollos tecnológicos e industriales. Mumbai le hace la competencia a Shangai como centro de negocios en inversión en la región y es una de las ciudades más cosmopolitas del rumbo. Sigue siendo reconocida por su antiguo nombre, Bombay, que tiene un no se qué de romanticismo en el imaginario colectivo además de sus muchos atractivos turísticos y de negocios, por lo que ha ocupado la atención del mundo entero tras los sangrientos y hasta ahora misteriosos atentados terroristas de las últimas 48 horas. El saldo rojo continúa creciendo sin que nadie pueda afirmar bien a bien si se trata de ataques de hechura local o extranjera, si tienen su origen en las tensiones étnicas y religiosas internas de India o si son un reflejo de esa guerra global contra el terror en la que se ven empantanados EU y sus aliados. El nivel de coordinación y sofisticación de los atentados sugiere que podría estar presente la mano de Al-Qaeda o de sus grupos afines. Las añejas tensiones entre India y Paquistán provocan inevitablemente sospechas de que los atacantes hayan recibido apoyo o asesoría de grupos militantes musulmanes en el vecino país, en el que se han guarecido en años recientes numerosos activistas y dirigentes tanto de Al-Qaeda como del Talibán afgano. Pero el terror y la violencia en India tienen rostro nativo desde hace mucho tiempo. Tan sólo para tener una idea, de acuerdo con el South Asia Terrorism Portal en lo que va de este año en India han muerto 2 mil 235 personas en actos terroristas, sin contar a las víctimas de Mumbai. En 2007, el total de muertes fue de 2 mil 598 y ligeramente superior en 2006, 2005 y 2004. El mismo portal estima que una tercera parte de los poco más de 600 distritos en que está dividido el país viven afectados por la violencia sectaria, ya por motivos separatistas, ya por el conflicto por Cachemira o Kashmir, o por motivos ideológicos o religiosos. La insurgencia comunista-maoísta es una amenaza para la seguridad nacional, mientras que la de tintes religiosos le añade con frecuencia un componente separatista que la vuelve peligrosa para la integridad del Estado. Falta saber quiénes y por qué razones cometieron los actos asesinos en Mumbai, pero no podemos ignorar que son apenas una gota sangrienta en el mar de calamidades que afectan a India. |