Leí mi primer libro, completo, hace cuatro décadas, a los diez años de edad, en una ciudad casi pueblo en la que no había prácticamente ni librerías ni bibliotecas. Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis. Lo leí sin que nadie me obligara a ello; lo que es más, sin que nadie me lo recomendara. Cayó en mis manos por accidente, lo abrí, miré sus ilustraciones y comencé a leer. Cuando lo terminé, había descubierto un placer. Por esto, es decir por experiencia propia, sé que los mediadores de la lectura son importantes, pero no imprescindibles y nunca indispensables. Hoy, luego de muchos años de lector y diversas experiencias e investigaciones acerca de la lectura de libros, puedo decir que leer es una vocación y casi un destino, y sé que las vocaciones y los destinos admiten ayuda para cumplirse, pero no podemos forzarlos, por más que nos empeñemos. Leen los que tienen disposición para ello y los que poseen esa vocación dormida que un día despierta por azar o por necesidad. Algunos fundamentalistas de la lectura (que los hay, y muy exaltados) prefieren creer en sus propias mentiras antes que aceptar una verdad incómoda; una verdad que, hasta hoy, no ha sido desmentida: llegan a los libros, aun contra todo obstáculo, los que de cualquier modo iban a llegar a ellos, pero no llegan, casi nunca, los que pese a todas las facilidades tienen como vocación y destino otros placeres. Leer no es religión, es un goce. Humildemente, podemos contribuir a despertar el amor, pero no podemos imponerlo. Nadie se enamora por obligación, y los promotores del libro somos ayudas, no taumaturgos ni obispos, mucho menos profetas o ayatolás de la lectura, aunque no pocas veces nos topemos con promotores que se comportan así. En las acciones de ciertos promotores exacerbados, la idea de “hacer leer” y de “formar lectores”, casi nada tiene que ver ni con cordialidad ni con libertad. Asumen esta labor como misión apostólica y mesiánica. Así, los libros y la lectura dejan de tener un carácter jubilar y adquieren un valor sagrado que sume en la imperfección al no lector, es decir al infiel, al impío, al que vive en pecado por carencia de “hábito lector”. No exagero. Así lo creen quienes están convencidos de que todo aquel que no lee de manera sistemática (y aun compulsiva) tiene una falla humana esencial: algo le falta, algo le falla, algo tan decisivo que lo torna bestia y lo excluye de la civilización, a pesar de la evidencia —que para este tipo de promotores no es evidente— de esos bárbaros ilustrados de los que hablaba Georg Christoph Lichtenberg, esos que leen tan sólo para no pensar. Este tufo redentorista de la lectura —con ardores puritanos de creyentes que todo lo generalizan— ha hecho más mal que bien a la promoción y el fomento de la lectura. Por ello, cuando imagino el edén terrenal al que aspiran estos utopistas (el Paraíso Lector), plagado de doctrinarias y doctrinarios (recalcitrantes, fogosos, obstinados, intolerantes), que parlotean todo el tiempo únicamente sobre las maravillas y los beneficios de la lectura de libros sin tregua, me digo que mil veces prefiero el infierno imperfecto (es decir, este mundo real) habitado por lectores y no lectores y por las múltiples vocaciones e intereses que no desembocan siempre, por fuerza, en los libros. Mejor, este mundo real, en vez de esa aburrida e intransigente idealidad, llena de pedantes, donde todo el mundo viviría, incansablemente, con las narices metidas en las páginas de un libro (enterrados como topos), ciegos a toda luz que no provenga de la letra impresa de los libros. |