Obama, decía, hace unos días, que estaba reflexionando sobre todo lo que hizo Franklin Delano Roosevelt, a partir de 1933 —las elecciones para su primera investidura se realizaron en 1932 y entró en la Casa Blanca el 4 de marzo de 1933 y estuvo allí hasta su muerte el 12 de abril de 1945, es decir, 12 años y 39 días— para enfrentarse con la Gran Depresión iniciada con el Viernes Negro de Wall Street en 1929.Tendrá mucho que leer, Barack Obama, porque el arsenal de leyes firmadas por Roosevelt en sus primeros meses, el New Deal, es verdaderamente impresionante. Sin embargo, tuvo como adversario legal la Suprema Corte. Tema sin duda apasionante. La Suprema Corte declaró inconstitucional, no sólo la Ley Nacional de Reconstrucción, sino la Ley sobre la Bancarrota Agraria (Federal Farm Bankruptcy) pese a que la Ley de Reconstrucción creó 2 millones de empleos entre los jóvenes. En síntesis, la Suprema Corte se atenía al orden jurídico-político del liberalismo económico que prohibía la conversión del gobierno federal en un agente regulador del orden económico y del empleo. Incluso la Ley para el Ajuste de la Agricultura que establecía subsidios fue declarada inconstitucional. ¿Qué diría hoy cuando el problema de las empresas automovilísticas más importantes de Estados Unidos, al igual que su banca, se declaran incapacitadas para cumplir su cometido financiero o industrial? Para Roosevelt, sin duda, la economía real, la economía de la gente pasó al primer plano y, por tanto, la pugna entre el gobierno federal y la Suprema Corte conformó un elemento de enorme interés histórico. La presencia del Estado se negaba como factor de anticrisis. Keynes jugó un papel principal en las normas de regulación de la economía capitalista. Para Keynes la inversión ocupa un papel central en la economía. En orden al salario, su posición fue clara. La reducción del salario no resuelve el problema; baja el costo de la producción, pero representa la contracción, a su vez, del poder de compra y, por tanto, de la demanda global. Ello significaba, en su teoría, que una reducción de los gastos salariales de la empresa tiene como contrapartida el desempleo. Para Keynes la visión clásica de la regulación del mercado por el nivel del salario es absolutamente falsa y por ello es válido que el Estado intervenga como inversionista por vía de los presupuestos públicos. Su hipótesis central, la teoría general del empleo, el interés y la moneda es muy compleja, pero no deja de ser fascinante el repertorio de leyes, reguladoras e interventoras, con la Suprema Corte en contra, que aplicara Roosevelt en sus primeros años de gobierno. Lo cierto es que Obama habla ya de dos millones de empleos en un país amenazado, para 2009, de un desempleo de 9% de la población activa. Nada que ver con el 24% en la Gran Depresión, pero tampoco cabe olvidar que Roosevelt tuvo, en su favor, la Segunda Guerra Mundial que puso en marcha su inmensa economía industrial. Ahora, en la teoría geoestratégica, Obama está obligado a salir de las guerras (14 mil millones de dólares, mensualmente, en Irak y 4 mil 400 millones en Afganistán con un presupuesto militar y de lucha contra el terrorismo de más de 600 mil millones anuales en su conjunto) y obligado a crear las condiciones de una industria y una banca sólidas al margen de la industria militar. Es un inmenso compromiso que requiere asumir las necesidades de la economía real, la economía de la gente. Todo ello lo obliga a bajar de la tribuna para asumir la gigantesca tarea de reordenar su economía y equilibrar la del mundo —en una posible etapa de deflación que debilitaría la economía mundial— cuando Estados Unidos no puede imponer, como en Bretton Woods, (1944) decisiones a escala. Ahora tiene que negociar. Es otro mundo. |