Debo reconocer que cuando lo oí por vez primera me pareció descabellado. Todavía hoy me parece aventurado pensar que los rivales más amargos, los que más fuerte batalla se dieron, los que no dejaron pasar oportunidad para denostarse vayan ahora a ser compañeritos de cuarto, amigos del alma, aliados hasta el final, y que vayan a vivir felices para siempre.Pero todo es posible en la vida pública, y si bien no es aún un hecho consumado, las apuestas en Washington favorecen a Hillary Clinton para ser la próxima secretaria de Estado de Barack Obama una vez que éste tome posesión de la Casa Blanca. Una mujer aguerrida, inteligente, dura y ruda, capaz de enfrentarse a cualquiera y a salir siempre con su dignidad intacta, con la expresión en su rostro firme, con la mente puesta en el siguiente reto, que aparentemente ha llegado antes de lo que muchos pensaron. La gran perdedora de 2007 parece dispuesta a reinventarse. Hillary Clinton buscó presentarse durante la precampaña para obtener la candidatura como la más viajada y conocedora del mundo, gracias en buena parte a sus ocho años como inquilina secundaria en la Casa Blanca. En su papel de primera dama participó activamente —según el discurso oficial que manejó— en encuentros con jefes de Estado, en negociaciones internacionales, en viajes de buena voluntad y en conversaciones y discusiones internas de la más alta relevancia y confidencialidad. Curiosamente, lo que parecía ser una de sus cartas más fuertes frente al inexperto Obama resultó materia de controversia, pues ni las minutas oficiales mostraban su participación en muchas reuniones (lo cual podría entenderse) ni sus recuerdos de algunas situaciones concordaban siempre con la realidad, como cuando presumió de haber llegado a una zona de guerra en la antigua Yugoslavia bajo una lluvia de balas sólo para ser desmentida por los ahí presentes, que recordaban más bien una ceremonia típica en el aeropuerto con flores y niños para recibirla. Más allá de los tropiezos de campaña, de confirmarse el nombramiento de Hillary para tan importante puesto enfrentará dificultades inmediatas, que no son para ella imposibles de sortear, pero que marcarán su ruta y que contribuirán también a definir la gestión del presidente Obama. En primer lugar está su propia historia y la de su marido. Para bien o para mal, Hillary fue una primera dama muy activa, muy visible y muy influyente. Tal vez no fue tan prominente como lo presumió en campaña, pero nadie duda del papel que jugaba esta mujer que sí fue, y en serio, pareja presidencial. Muchas de las decisiones del gobierno Clinton serán recordadas, analizadas, desmenuzadas, y lo mismo pasará con sus pronunciamientos como senadora y como precandidata. Ya hay ruido en muchas capitales del mundo árabe, donde su irrestricto apoyo a Israel no caerá necesariamente bien. Tendremos también el asunto de las actividades de Bill Clinton, quien ha sido particularmente exitoso como autor, conferencista y filántropo alrededor del mundo, pero cuyos intereses personales y de negocios podrían llegar a convertirse en conflictos de interés y salpicar su quehacer. Ya ni siquiera pensar en los posibles riesgos de conducta personal del que sería el no siempre bien portado cónyuge de la secretaria de Estado del país más poderoso del mundo. Queda además el asunto, que no es menor, de la credibilidad de un presidente entrante que prometió el cambio y que llegaría con un equipo conformado por veteranos de Washington, como la propia Hillary, Bill Richardson y Larry Summers, entre otros. Eso tendría que ponerse en la balanza frente al indudable mérito de poder sumar a figuras de ese calibre a su gobierno, y de beneficiarse de su indudable capital político. Ya veremos si el horno estadounidense está para ese tipo de bollos. |