Algo tienen las revoluciones que nos encanta recordarlas. La francesa, la rusa, la de la independencia estadounidense, la de Mao, la mexicana, cada una representa hoy algo distinto en la memoria y el imaginario colectivo.Dos de ellas rememoran sus orígenes en noviembre y se celebran —o no— en una suerte de macabra conmemoración de lo que fue, de lo que debió ser y de lo que pudo haber sido. En el juego de la nostalgia el hubiera se convierte en expresión favorita de las añoranzas y de los repudios, de quienes gustan de imaginar mundos distintos con sólo cambiar un capítulo de la historia. Las revoluciones rusa y mexicana tienen en común, más allá del mes y la década en la que iniciaron, el haber dado pie a regímenes que buscaron sobrevivirlas y superarlas, que hicieron de ellas mitos, leyendas y, por escasos momentos, también realidades. Las dos primeras revoluciones sociales del siglo XX tomaron rumbos divergentes, pero coincidieron en pretender asegurar su permanencia y longevidad en el poder. La primera gran diferencia estriba en que la rusa fue una revolución con un origen y destino ideológico que prácticamente garantizaba la continuidad, siempre y cuando triunfara y pudiera conservarse frente a sus enemigos externos e internos. Los planteamientos originales de Lenin y Trotsky tenían un fundamento teórico que otorgaba una cierta coherencia que habría después de tornarse en rigidez y más adelante en camisa de fuerza. Lo que sucesivos gobiernos en la Unión Soviética hicieron de las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin puede considerarse una desviación o una perversión, pues llegó a tal grado el endiosamiento de las ideas que éstas se convirtieron en piedra, material notoriamente inadecuado para el pensamiento. Cuando una idea se vuelve tabla de ley pierde su cualidad esencial, la de provocar su propia multiplicación: idea que no engendra otras no merece tal nombre. De ese tamaño es el agravio de los regímenes del así llamado socialismo real que acabaron con la función propia del pensamiento que les dio origen y vida. La mexicana, en contraste, nunca fue una revolución ideologizada y tampoco de ideas, ni en sus orígenes ni en la etapa de su consolidación en el poder. Según sus apologistas, su gran virtud radicó siempre en su capacidad de adaptación y la simpleza de sus orígenes fielmente expresada en la frase que se volvería más tarde rúbrica burocrática: “sufragio efectivo, no reelección”. Así de sencillo, así de llano, así de poco pretencioso, así de falto de contenido, de fondo. La Revolución Mexicana, esa que se escribe con mayúsculas y que se conmemoró ayer 20 de noviembre, tiene bien poco que ver con la serie de movimientos armados que fue desatada por la rebeldía democratizadora de un hombre que tenía mucho más de reformista que de revolucionario. Madero tuvo de líder de masas lo que Villa y Zapata tuvieron de ideólogos: poco o nada. Su gesta inicial permitió el desbordamiento de fuerzas sociales que venían siendo contenidas por el gobierno autocrático y autoritario de Porfirio Díaz y que dieron pie a años y años de luchas, asonadas, alianzas y traiciones bautizadas después románticamente como revolucionarias. Otros países han sabido qué hacer con sus revoluciones muertas. Unos las empaquetan y entierran, otros las vuelven modelo para la humanidad, algunos más las mantienen artificialmente con vida. Nosotros los mexicanos no sabemos qué hacer con la nuestra, que con todas sus deficiencias y carencias permitió la creación de un sistema político que nos llevó sin extremismos ni guerras civiles ni gobiernos militares a lo largo de un siglo que en América Latina estuvo marcado por ellos. Hoy, con sus 98 años a cuestas, la revolución mexicana está entre el asilo de ancianos y el monumento histórico. |