Se frustró el intento. Alejandro Encinas no logró la presidencia nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD) desde donde, como anunció, lo convertiría en la “columna vertebral” de la Convención Nacional Democrática (CND), el Frente Amplio Progresista (FAP) y el gobierno legítimo. El mayor partido de la izquierda mexicana se fractura. Desde la noche del 2 de julio de 2006, cuando la certeza en el triunfo se desvaneció, el factor aglutinante —la inminencia del arribo a la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador— perdió su embrujo: el jefe máximo dejó de serlo. La negación de la derrota y la incapacidad para la autocrítica se expresaron en la imprudencia política: constituir un movimiento en los linderos de la ilegalidad que propiciara severos desarreglos y apostara al fracaso del gobierno de Felipe Calderón. Dos decisiones recientes han acelerado la ruptura: la aprobación del paquete de iniciativas de reforma petrolera, con el voto a favor del mayor número de legisladores del PRD en el Congreso de la Unión, y la resolución del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación convalidando el mugrero (la elección del 16 de marzo) y reconociendo a Jesús Ortega como presidente del PRD. Nueva Izquierda alcanza, finalmente, el control del partido y lo que entraña: la franquicia, las prerrogativas, el control de las candidaturas, la interlocución con otras fuerzas; pero lo que pierde no es menor: buena parte de las bases sociales que han acompañado al PRD desde su fundación y que siguen, sin reservas, a López Obrador. Lo que vive el partido del sol azteca no es una pugna de “traidores” contra “puros”; en el núcleo dirigente de la izquierda “dialoguista” —Los Chuchos— están, ciertamente, cuadros cuyos inicios en la política se remontan al Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN) y al Partido Socialista de los Trabajadores (PST), dos engendros de Rafael Aguilar Talamantes; son los mismos que hace menos tiempo (noviembre de 2004) defendieron la candidatura de José Guadarrama en Hidalgo —el mapache que en sus días de priísta arremetió sin escrúpulo alguno contra el PRD—, para evitar el riesgo de obtener un porcentaje residual de votos: menos de 5%. Pero no es muy diferente la izquierda “camorrista”; basta ver la trayectoria de los aliados y operadores de López Obrador: Izquierda Unida, que fundó y sigue siendo dirigida, cada vez de manera más ostensible, por René Bejarano, Dante Delgado y Alberto Anaya que portan sus propias historias… Cuestionable por lo demás, la resolución del TEPJF simplemente acelera una decisión largamente meditada. Andrés Manuel se preparó para ese escenario, por eso ha seguido recorriendo el país y reclutando miembros para la Convención Nacional Democrática y el Movimiento en Defensa del Petróleo. La ruptura le permitirá ahora construir un movimiento-partido a su medida y sin contrapesos: al que podrá dotar de su propia ideología —una mezcla del “nacionalismo revolucionario” priísta y los sermones contra los “riquillos” de Luis Echeverría—; ubicar en posiciones clave a los miembros del gabinete legítimo y otros cuadros que lo han seguido en las buenas y en las malas… Falta saber si los dueños de Convergencia y del Partido del Trabajo aceptan el papel de meros instrumentos del caudillo. López Obrador tiene frente a sí la siguiente disyuntiva: jugar desde dentro a torpedear la conducción de “los traidores”, los “colaboracionistas”, los que se dejan “agarrar la pierna” o bien, romper de una vez y denunciar a Jesús Ortega como el nuevo “espurio”. Pero más allá de la decisión que adopte el caudillo, lo que es evidente es el fracaso histórico del PRD y esto no puede ser sino una mala noticia para un país con tanta pobreza y desigualdad social. |