Hijole, pajarracos, seguro les pasa lo mismo que a mí: por más que le doy vueltas y vueltas al asunto, que repaso en mi cabeza la idea de un dramático y fortuito accidente, que escucho una y otra vez los argumentos, en apariencia impecables y técnicos del secre Luis Téllez, que me digo y me reclamo a mí mismo por mal pensado e insidioso, nomás no logró convencerme. No estoy seguro de que pueda creer lo que afirman los señores funcionarios y técnicos aeronáuticos del gobierno: que una mala pasada del destino y la impericia de un par de pilotos privados se combinaron para que el avión en el que viajaban juntos Juan Camilo Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos se desplomara repentinamente y en plena ciudad, a unos cuantos metros de la residencia oficial de Los Pinos. Desde que ocurrió este dramático suceso me propuse no caer en especulaciones ni contribuir al sospechosismo ni la rumorología que campean por el país desde aquella tarde del 4 de noviembre en el que la tragedia nos sorprendió a todos y nos hizo voltear a ver a las Lomas de Chapultepec, cuando la mirada de todos estaba puesta en EU y el triunfo histórico de Barack Obama. Tampoco tengo ahora los elementos ni la intención de contribuir a eso ni a poner en duda lo que ya se perfila como la conclusión oficial. Pero hay muchas dudas que saltan ante la explicación de que la “estela de turbulencia” que dejó el avión Boeing que lo antecedía, mezclada con la impericia o falta de capacitación de los pilotos, fueran las causas del desplome de la aeronave en la que viajaban los importantes funcionarios. Un viejo duende amigo mío, que de puro gusto se ha vuelto experto en aeronáutica, asegura que si hay un avión potente para subir o bajar de altura repentinamente en situaciones de peligro, ése es el Learjet 45. La capacidad de sus motores es ampliamente reconocida en el mundo de la aviación, porque es de los pocos aparatos que pueden iniciar una vertical de ascenso apenas después de despegar. Y la pregunta que se hacía ese astuto duende es: ¿cuando los pilotos detectaron la turbulencia, que según se escucha en las grabaciones que presentó el gobierno fue segundos antes de caer, no pudieron maniobrar para elevar o bajar la nave y sacarla de la estela que les había dejado el Boeing? Ni Juan Camilo Mouriño ni Santiago Vasconcelos eran novatos en eso de volar en aeronaves. El primero, por su origen de clase alta y por su experiencia previa en la campaña presidencial, debió volar cientos, quizás miles de veces antes de aquel viaje que hizo de regreso de San Luis Potosí. José Luis, por su parte, con la experiencia de casi 20 años que tenía en la PGR en asuntos de narcotráfico, debió abordar también todo tipo de aeronaves en muchas, muchísimas ocasiones. ¿Se iban a arriesgar ambos a viajar con un piloto inexperto o poco capacitado para pilotar una aeronave como la que usaba desde hacía meses el secretario? Las fatalidades, lo sé yo como duende y ustedes como humanos, siempre ocurren de manera extraña e inesperada. Tal vez por eso nos cuesta tanto resignarnos y aceptar lo vulnerables que podemos ser cuando nos vemos reflejados en las tragedias y el dolor de otros. Yo quisiera pensar, pajarracos, que Felipe Calderón no es igual que Carlos Salinas, que Miguel de la Madrid, que Gustavo Díaz Ordaz o que Vicente Fox. O que muchos otros ex presidentes que en su momento, “por interés de Estado”, decidieron ocultar información y tratar a los mexicanos como menores de edad a los que se les tenía que maquillar, dosificar o modificar la realidad para evitar reacciones sociales adversas o consecuencias políticas no deseadas. Aquella noche del 4 de noviembre, que debió ser para él una de las más duras y amargas de su existencia, el presidente Calderón ofreció investigar e ir al fondo para esclarecer las causas de esa tragedia que no sólo enlutó a su gobierno sino a las familias de muchos mexicanos que perdieron, en aquella tragedia, parientes, compañeros o amigos. La orden que dio aquel día Calderón fue terminante. Ojalá los muchos intereses y complejidades que se entrecruzan en una tragedia de esas magnitudes no lo hagan cambiar en el camino. |