El cuerpo de la cantante británica Amy Winehouse aparece sin vida. De la mediatización urbana surgen las hipótesis de cartelera: crimen apasionado, suicidio de una famosa, consumo desaforado de barbitúricos, tsunamis depresivos, entre otras. Debajo de su cuerpo se encuentra un charco de sangre. La semiótica mistifica al futuro. El cuerpo sin vida demanda elevadas dosis de esteticismo trágico para que la obra sea creíble. En pocos minutos la noticia de su muerte lloverá a través de los satélites que vigilan y empequeñecen al mundo. Internet ya le rinde homenajes. Las primeras escenas de sus seguidores afuera de la residencia de la cantante se pueden observar a través de YouTube. Son los rostros arrugados cubiertos de llanto ácido los que abren cada hora los noticieros de la cadena CNN. En Facebook son miles de cibernautas los que dejan mensajes en el domicilio virtual de Winehouse. Mañana, los titulares de los tabloides británicos venderán millones de copias con la fotografía catártica de la cantante. “El final que todos conocíamos” será el titular que tranquilice a la inteligencia del peatón urbano acostumbrado a leer The Sun. Sí, todos sabíamos el final de la telenovela Amy Winehouse pero desconocíamos el episodio en el que ocurriría la tragedia. Todos excepto Marco Perego. Artista plástico italiano. El viernes en la Half Gallery del Lower East Side de Nueva York mostrará al público su obra estelar La única estrella del rock buena es la que está muerta. Una escultura con el molde inyectado por la estética vital de la cantante Amy Winehouse. Su precio será de 80 mil euros y de la bala que le perfora la cabeza escurre el líquido que dictará el sentido de la estética: muerte de un ídolo a manos de las circunstancias típicas de toda estrella de rock. En efecto, la simulación es el arte del deseo. La crisis económica y la reunión del pasado fin de semana en Washington de los 20 políticos protagonistas de la globalización (más Zapatero) resultan ser escenas sórdidas frente a la diversión que demanda la sociedad: sensacionalismos y alborotos hiperreales. Así lo debe de pensar uno de los socios de la Half Gallery, Bill Powers, al declarar que: “Queremos hacer que una situación imposible sea completamente creíble para el espectador”. Lo que no conoce Powers es el efecto baudrillariano de la imagen que ya vimos. El déjà vu colectivo. Como la destrucción de las Torres Gemelas que vimos en películas hollywoodenses antes de que ocurriera la verdadera. El basamento del arte posmoderno es la mercadotecnia. Lo sabe bien Damien Hirst el primer mercadólogo travestido en artista. El hombre que convirtió a la galería Sotheby’s en la New Bond Street de Londres en un parque temático del hipnotismo. Su sentido cínico del arte lo ha llevado a cobrar 75 millones de euros por un cráneo cubierto por 8 mil 600 diamantes. La imagen conceptual de un tiburón curado en formol la hizo realidad y a ese esperpento de obra lo tituló: La imposibilidad de la mente de pensar la muerte, misma que le regresó el coleccionista estadounidense Steve Cohen porque el tiburón se estaba pudriendo. A uno de los 120 ayudantes que tiene en su fábrica de publicidad el señor Hirst se le ocurrió la brillante idea de cambiar al tiburón para colocarlo, nuevamente, en un recipiente cubierto por formol. Así es el arte hiperrealista de Perego y Hirst, tan banal como la vida misma, pero eso sí, con una enorme campaña de mercadotecnia que convence a cualquier anodino culto. |