La reunión del llamado Grupo de los 20 en Washington este fin de semana arroja símbolos, anécdotas y crónicas que la harían graciosa, de no ser porque el futuro inmediato del mundo se encuentra en la balanza.La Cumbre de los Mercados Financieros y la Economía Mundial fue convocada y albergada por George W. Bush a pesar de que la idea original fue del presidente francés, Nikolas Sarkozy. El G-20, como se le conoce, agrupa a naciones que comparten algunas características pero no tienen necesariamente un común denominador. Fundado en 1999 en parte como respuesta a las múltiples crisis financieras de ésa década, pretende sentar a la mesa a los países más industrializados con los que se encuentran en camino al desarrollo, mejor conocidos como mercados emergentes. Las 19 naciones que conforman el Grupo de los 20 se hacen acompañar de una representación de la Unión Europea así como del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Dependiendo de cómo se hagan las cuentas, pues la participación de la Unión Europea se puede contabilizar de muchas formas, el G-20 dice representar al 90% del Producto Interno Bruto del globo, así como a dos terceras partes de la población mundial. No estoy familiarizado con los criterios de membresía, pero me llama la atención que sumados a los tradicionales integrantes del club de los ricos (el G-8), aquí hay algunos que sobran, otros que faltan y unos más que evidentemente están bien representados. Para no ofender gratuitamente a nadie y dejar que mis amables lectores saquen sus propias conclusiones (como siempre lo hacen) digamos sólo que sí están Brasil, China, Rusia, la India, Indonesia, México y Arabia Saudita. También están Argentina, Australia, Sudáfrica y Turquía, pero no España ni países de Europa Oriental como Polonia, Ucrania o la República Checa. Bien decía Groucho Marx que él jamás pertenecería a un club que lo aceptara como miembro. En la víspera del encuentro, Bush reiteró su fe en el libre mercado y declaró que él, el presidente que ordenó inyectarle setecientos mil millones de dólares al rescate/compra de bancos e hipotecas, está en contra de la intervención pública. La solución, dice Bush, “nunca ha sido más gobierno”, con lo que le asesta un duro golpe a quienquiera que piense como él. Y es que si le faltará ironía involuntaria a las palabras de Bush, vale recordar que el G-20 estaba reunido en el terruño del presidente que desfondó a la economía más poderosa del mundo y con el que además sus colegas pronto no tendrán de que hablar, tan pronto deje el cargo a fines de enero próximo. Así pues, convocados por un pato cojo adalid del libre mercado, los dirigentes del resto de las tres cuartas partes (o el 90%) del mundo, de la mano con ejecutivos de organismos internacionales, entre ellos el siempre afable Secretario General de la ONU, quien sorprendió a muchos con la profundidad de sus palabras y sus vaticinios (“la crisis financiera puede llegar a convertirse en una crisis humanitaria...”), se dieron a la tarea sacar a la economía mundial del hoyo en que la metieron los que creyeron no sólo en el libre mercado sino también en la nula aplicación de las normas y regulaciones. En términos generales, el consenso de los participantes fue reforzar el gasto público como motor de los paquetes de estímulo —como lo han sido la mayoría de las medidas de emergencia adoptadas a nivel individual por los países industrializados— además, por supuesto, de continuar inyectando recursos para reforzar a las instituciones y por ende a los sistemas financieros. Curiosamente, el más firme creyente en los mercados terminó siendo el que propició la crisis que podría marcar el regreso del Estado no sólo como regulador, sino como actor económico fundamental. Gracias a Bush, Keynes puede regocijarse en su tumba. |