Desde que en julio de 2000 y luego en el mismo mes de 2006 el PRI fue aplastado en dos elecciones presidenciales consecutivas, lleva por lo menos dos años de una tendencia sostenida de triunfos. El viejo partido ha sorprendido a propios y extraños, pues lo mismo derrota a candidatos azules que amarillos a puestos de elección popular —a gobiernos estatales, congresos locales o alcaldías—, en una suerte de “reinvención” que coloca al PRI como la fuerza política que en 2012 pudiera regresar al poder presidencial; sea con Enrique Peña Nieto, sea con Manlio Fabio Beltrones. Incluso —y sobre todo frente a las muchas posibilidades de éxito— se habla de un eventual caballo negro. Lo cierto es que desde 2006 el electorado de buena parte del país parece percibir en los candidatos tricolores a profesionales de la política más capaces, serios, experimentados y con mayores cualidades de las que muestran los otrora opositores de PAN o PRD. ¿Será cierto que estamos ante el “milagro del PRI”, que para no pocos es la multiplicación de las virtudes democráticas del priísmo —que no de la multiplicación de los panes—, que lleva a miles o millones de electores a olvidar la historia de siete décadas atrás? No, nada de nuevas virtudes y menos un cambio generacional. En los más recientes ocho años, el PRI no ha cambiado casi nada de su vieja cultura corporativa, clientelar, antidemocrática, de grosero sometimiento de la política a los designios de un solo hombre; transas electorales y cochupos en comicios. El de hoy es un PRI casi idéntico al de los años previos al 2000, y al de sus mejores momentos de antidemocracia y autoritarismo. ¿Entonces qué es lo que ha cambiado? ¿Por qué hoy muchos electores ven al PRI y a sus candidatos como la alternativa real de poder? No es un cambio, una mudanza única, o la evolución de tal o cual partido en la clase política, sino de un conjunto de cambios y hasta retrocesos democráticos. Pero sobre todo estamos ante el triunfo de una cultura política por sobre el resto de las formaciones partidistas. ¿A qué nos referimos? A una vergonzosa colonización del PRI, de lo peor de sus prácticas y su cultura, sobre el resto de partidos políticos. Hablemos de las prácticas políticas intramuros de todos los partidos. ¿Cuál es hoy la diferencia entre PRI, PAN y PRD? En los tres casos, y en general en todos los partidos, las prácticas son las mismas: predomina la antidemocracia, nula rendición de cuentas… Hablemos de la práctica en el ejercicio del poder. ¿Cuál es la diferencia entre los tres? Todos gobiernan igual, bajo la lógica del poder patrimonial, igual que siempre lo hizo el PRI. Y si hablamos de ideologías, podremos comprobar que en los tres grandes partidos existen tendencias derechistas, de centro izquierda y de centro. Es decir, no existe casi ninguna diferencia entre PRI, PAN y PRD, y en los tres existen radicales locuaces, en donde los extremistas de la derecha son idénticos a los extremistas de la izquierda. Los electores mexicanos han llegado a un punto de confusión —fenómeno global, por cierto—, en donde lo más importante es la persona o el candidato, antes que el partido o su ideología. Pero existen dos signos notables del desencanto democrático. El primero, que cuando el PRI era el partido único, el que dominaba todos los puestos de elección popular, era cuestionado por antidemocrático, corrupto, incapaz para gobernar. Pero cuando llegaron al poder PAN y PRD, la antidemocracia, la corrupción y la incapacidad fueron iguales. ¿Cuál es la diferencia entre un gobierno del PRI, uno del PAN y otro del PRD? Los tres son “la misma gata sólo que revolcada”. El segundo de esos fenómenos es la insultante feudalización del poder estatal. ¿De qué estamos hablando? Todos recordamos que durante los tiempos de la hegemonía presidencial del PRI, el eje articulador del poder era el presidente de la República en turno. Cuando en 2000 el presidente del PRI cayó, también acabó ese poder. Pero entonces los gobernadores —de PRI, PAN y PRD— se convirtieron en señores feudales, que no obedecen más que a sus ocurrencias, intereses y saciedades feudales. Entonces empezó el retroceso democrático. El IFE local —en cada estado— es un feudo del gobernador, como lo es el Congreso, el Instituto de Transparencia… Es decir, que el poder presidencial derruido en 2000 se reprodujo en todos los gobiernos estatales y hasta en los municipales. Y claro, la democracia, la alternancia, la pluralidad, fueron triunfos culturales del PRI, que ahora se prepara para regresar al poder. Al tiempo. |