La melancolía es una especie de neblina que cubre al corazón cuando en él cohabitan el pasado y el presente. Sus asimetrías lastiman. Prueba fehaciente de que las promesas fueron devoradas por la furia de las pasiones. El jardín devastado (Alfaguara, octubre de 2008) es una confesión que le hace Jorge a Volpi y Volpi a Jorge. Pausa de un escritor para anunciar una reflexión no fácil de realizar: mirarse ante el espejo del pasado. “Somos vulgares, predecibles: los amigos, los hermanos de otro tiempo —los conjurados— nos hemos convertido en lo que entonces odiábamos con saña: burócratas o especialistas”. Lo escribe Volpi, pensando en los ideales fundacionales del crack en el que convergen, junto con él, Padilla, Urroz, Herrasti, Palou y Chávez Castañeda. En El jardín devastado Volpi siembra palabras: dudas, amigos, mismos, Ana, rutina, voluntades, cuerpos, reír, apostasía, nombres, música. Poco a poco las palabras crecerán y el jardín se convertirá en el bosque de su vida atacado por la furiosa tormenta proveniente de Irak. Laila, la niña que desenterró al demonio y que, al verla llorar, le concederá el deseo de ver a sus seres queridos caídos por las decisiones burócratas de un presidente estadounidense que también desenterró al demonio, estará siempre en el jardín de Volpi. Éste, a su vez, la desentierra y al parecer, será ella quien le conceda el deseo de confesarse ante los lectores. No es una fábula, es un cuento real. Como casi todos lo son cuando el mundo arde de inestabilidad. “¿Por qué habría de dolerme una muchacha iraquí en medio del desierto?”, se pregunta el jardinero. Por el compromiso con la humanidad, contestaría el escritor. El binomio jardinero-escritor aparece a lo largo de la obra de Volpi. Y es que debajo de un jardín gobernado por la estética de la belleza, debe de existir otro jardín, sagrado, tal vez. Nunca la muerte. Dolor. “¿Sólo es dolor el dolor propio?” Intercambiables. “En la guerra y en el sexo los cuerpos son intercambiables”. Exilio, “Ya había olvidado unos ojos mirándome a los ojos”. Y de esta forma el jardinero-escritor recorre fotografías de su vida con forma de palabras. La escuela religiosa que entorpece la relación con las mujeres; los amigos y las comunes circunstancias; las historias de amor cuyos guiones siempre los escribe la ilusión; las relaciones quiméricas que fueron maravillosas hasta que se mudaban al corazón; el intelectual que se compromete con sus ideales pero siempre corriendo el riesgo de caer en la seducción del Estado; la violenta y apocalíptica ciudad cuyos únicos amigos son los automóviles y el ruido. El jardín devastado es una expresión intimista de Volpi. Allí está el humor de un director de un canal de televisión cultural: “Me irrita la irritación de mis contertulios, tres académicos vestidos de Zegna y un gordo escritor de novelas policiacas que rivalizan conmigo en amargura”. Allá está la constante preocupación de la traición: “Quince años atrás escupíamos, aullábamos. Hoy nos embrutecen las botellas de borgoña y los matices: le perdonamos la vida a los cretinos. Allí están los arbustos cargados de aforismos: “La verdad es un acto de violencia, la culpa una enfermedad de siervos abatidos”. Allá está la confesión: “Amar a alguien y poco a poco ya no amarlo. La sombría ley que he establecido”. Pero aquí está El jardín devastado. Un extraordinario encuentro con el escritor que nos comparte su álbum repleto de sentimientos instantáneos. Imprescindible. |