Hace 16 años, muchos en México se preguntaban cuál sería el futuro de la relación con nuestro vecino del norte, que había llegado a un punto asombroso: los dos países distantes estaban a punto de concretar un acuerdo comercial tras décadas de sospechas y malos entendidos entre ambas naciones y con el que se iniciaría una nueva etapa en las relaciones bilaterales.Sin sobredimensionarlo, pues un acuerdo comercial es solamente eso, el TLC representaba un cambio fundamental en la manera en que nuestro país se veía frente a su vecino, frente a su pertenencia a América del Norte y su propio lugar en el mundo moderno. Si bien era un paso adicional a los que ya había dado en materia de apertura comercial, el TLC era visto como una prueba concreta de la determinación mexicana de jugar en otras ligas, con otras reglas y de asumirse como parte de una región que nunca lo había aceptado plenamente y a la que nunca había querido realmente pertenecer. La verdadera importancia del TLC para México era de política interna y externa: hacia adentro representaba un paso importante en un proyecto de modernización y apertura, hacia afuera era una señal del papel más activo y ambicioso que el gobierno mexicano deseaba jugar en la región, además de una reacción a la introspección europea que siguió a la caída del muro de Berlín. Existían dudas en México acerca del rumbo que tomarían las cosas con EU pues acababa de ganar las elecciones presidenciales el candidato del Partido Demócrata, quien durante la campaña se había pronunciado en contra del TLC y de quien se sabía que no guardaba simpatías mayores por un gobierno en México que él pensaba era más partidario de su contrincante, el derrotado presidente George H.W. Bush. En efecto, muchos aquí preferían la reelección de un presidente con probadas muestras de cercanía y simpatía con los intereses mexicanos y veían con recelo la posibilidad de que un demócrata proteccionista y cercano a los sindicatos se atravesara en el camino de tan ambiciosa iniciativa. Pero Clinton ganó y ante eso el gobierno y los amigos de México iniciaron una ofensiva diplomática para acercar al presidente electo a los temas y a la problemática de un país del que sabía poco y que políticamente le significaba menos. La ofensiva fue exitosa y, con todo y los acuerdos paralelos que Clinton impuso en materia laboral y ambiental, el TLC fue aprobado. A partir de ahí México tuvo un aliado en la Casa Blanca que se la jugó por nuestro país cuando el colapso de 1995, en el que el gobierno estadounidense entró al rescate de la maltrecha economía mexicana. En algunos aspectos la situación es similar hoy a la de entonces, pues hay inquietud por la llegada a la Casa Blanca de un demócrata que también se manifestó negativamente acerca del TLC, y sobre cuyos afanes proteccionistas existen preocupaciones. Sólo que en 1992, EU se reponía de una recesión no demasiado severa y hoy son aún incalculables las consecuencias y los costos de la crisis que los agobia, los niveles de desempleo generan una presión social adicional y el entorno internacional les es adverso en casi todos los frentes. Y México parece ausente en el radar del próximo inquilino de la Casa Blanca. A diferencia de 1992, cuando nuestro país era tema ineludible en Washington, hoy estamos lejos de la atención y probablemente también de los afectos del futuro presidente estadounidense. En ese entonces, un frenesí de actividad de amigos, aliados y emisarios envolvió a la capital estadounidense para lograr que Clinton nos echara un ojo. Hoy los diplomáticos hacen su tarea, pero las huestes que antes los apoyaban parecen lejanas... Algo tenemos que hacer si no queremos ocho años más de distante vecindad. |