En esta esquina urbana opera una especie de hermandad, constituida por dos ancianos policías de la apenas resucitada —no poco obscura y legendaria— jefatura de Tránsito de la Secretaría de Seguridad Pública del DF y un inspector de Servicios Públicos de la Setravi. Un equipo maduro y que se entiende bien, quizá no por su vocación de entrega y de servicio, sino por el ojo agudo que les permite divisar a sus víctimas: taxistas irregulares, sobre todo. Viernes 7 pasado. 13:00 horas. Baja California e Insurgentes Sur, colonia Hipódromo. La prohibición de montar “retenes” en esta secuestrada capital es hecha a un lado por el solitario y sedicente inspector de taxis, gafete rectangular colgando del cuello, quien para abanderar su área de alegatos dispone junto al carril derecho de la primera arteria de un par de conos plásticos de color anaranjado. Encargados de dirigir el tráfico, que en esa área se agudiza por las muy lentas obras de la segunda ruta del Metrobús, los policías se distraen y desviven para ayudar al revisor, de manera que al ver un taxi en la situación que les interesa, se apresuran a enfilarlo hacia el improvisado, casi sutil, retén. Poco a poco, la clientela va cayendo. Así, pronto cae el manejador con “seguro vencido” del taxi Atos, placa L80-085; jovencito poco avispado y quien de manera resignada, como si cooperara para la liturgia, obsequia al fiscalizador todo lo que lleva de la cuenta: un billete de a cien, otro de 50 y “todas las monedas que traía”. Así lo asegura a este mirón, quien corre para preguntarle al observar que es dejado en libertad. Trescientos pesotes dice, por su parte, haber dado el taxista del Chevy, placa A74-368. Y es que, acepta, su falta no fue menor: “Me faltaban el seguro, la tarjeta y dos resellos”. Situación irregular que contrasta con la del operador de otro auto de alquiler quien pide que no se le identifique: “Tenía todo en orden; pero ni así me soltó hasta que no le di 50 pesos: ya sabes que te van a fregar de todos modos”. No menos de 60 años de edad han de tener los dos hoscos oficiales —reestrenados “tamarindos” de camisa blanca— que muy pronto se han convertido en madrinas del hombre de Setravi. Regordetes, bajitos, sus gafas de fondo de botella no esconden sus rostros de fastidio. Como muchos otros uniformados en la SSP-DF, ya estaban por jubilarse. Muchos de ellos, voluntariamente-a-fuerzas, cediendo sus plazas a jovencitas recién egresadas de la Academia. Pero un súbito, nunca explicado, golpe de timón en esa dependencia les regresó su puesto y… su crucero. amilcarsalazar@yahoo.com |