Por lo general, ¿qué es lo primero que mencionamos cuando vemos a alguien de capa caída? “Ay fulanita, no estés triste”, ¿cierto?
La tristeza, aunque sí, evidentemente tiene ciertos rasgos negativos —en principio por ser el opuesto a la alegría—, no siempre tiene que resultar mala, al contrario, de hecho muchos la usan como medio de inspiración en la música, la poesía y otras manifestaciones artísticas.
Este sentimiento puede llegar a ser hasta romántico, con tonos de nostalgia, pues experimentamos cierto regocijo de conmiseración, pero con el riesgo de resultar tan abrumadora que eventualmente se puede convertir en una gran depresión.
La tristeza es una manera de pagar el luto, es la consecuencia de saber que algo pudo ser y no fue, cuando nuestras expectativas se ven insatisfechas, o tomamos conciencia de que son inalcanzables; es decir, se da por un evento del pasado, sobre el que ya no podemos hacer nada, sino aceptarlo hecho y procurar trascenderlo. No hay de otra ¿o sí?
En mi experiencia, este sentimiento es una de las etapas más importantes del duelo, dónde llegamos a sentir algo de aceptación de alguna situación pasada.
Hay quienes se sienten a gusto teniendo cara larga o con ojos de perrito con hambre; para mí, en particular, la tristeza no es un sentimiento que me guste, trato de evitarlo, siento que me genera inercia. Cuando estoy triste sólo quiero dormir y eso me provoca una pesadez aún peor, porque además de no resolver el tema que me tiene así, se me empieza a acumular el trabajo, los compromisos pendientes, etcétera.
Digo, tampoco es que sea una persona salida del carnaval —alegre como castañuela, con la rumba en la cadera y maraca bajo el brazo—, pero cuando me sucede algo que me pone triste, que por lo general es una situación que no puedo cambiar ni controlar, que evidentemente está fuera de mis manos. Quizá me tiro tantito al drama, pongo una canción mil veces porque sé que me va a hacer llorar y me conmisero hasta causarme lastima a mí misma.
Pero llega un momento en que decido combatirla, no la niego ni la suprimo, fluyo un poco y simplemente como sentido de supervivencia, procuro generarme actividades que sé que me pondrán bien, y que después no me van a generar culpa, como sería comer chocolates compulsivamente o meterle a la tarjeta de crédito compras que ni vienen al caso. Dejo a un lado el regodeo, y a lo mejor me voy al cine, me salgo a caminar, me compro una película, hago ejercicio, escribo, veo a mis amigos, leo algún libro; si se me presenta la oportunidad de hacer algo por alguien, la aprovecho (no por hacerme la buena), egoístamente sé que hacerlo me va a hacer sentir bien.
Pero la mejor de todas las estrategias que he podido experimentar contra la tristeza es armarme de una voluntad insospechada y ponerme a trabajar, hacer talacha, como mandar mails atrasados o hacer llamadas; por arte de magia, a la media hora ya me aliviané, se me abrió un poco la mente, y por alguna razón las cosas empiezan a no estar tan feas y mejora mi actitud ante el tema, infinitamente.
La clave, aunque es bastante obvia, consiste en buscar motivación a como dé lugar, y creo que la terapia ocupacional es infalible.
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